Egipto avanza tras vencer a Australia en penaltis
En un estadio cerrado, helado por el aire acondicionado y encendido por 70.000 gargantas, Egipto y Australia se jugaron algo más que un pase de ronda: su primera victoria en un cruce directo de un Mundial masculino. La historia solo tenía sitio para uno. Y acabó escribiendo el nombre de Egipto, con Mohamed Salah llorando de alegría y Australia rota en el punto de penalti.
Tony Popovic se guardó su apuesta final para el epílogo: en el último suspiro antes de los penaltis, movió el banquillo y lanzó a la escena a Mathew Ryan, el portero más curtido de los Socceroos, para la tanda definitiva. Era un golpe de efecto, un mensaje al vestuario y al rival. Pero la lotería, esta vez, no entendió de jerarquías.
Un inicio frenético y un golpe de cabeza que cambia el guion
Australia arrancó como un tren. Antes de que el partido encontrara su ritmo, Cristian Volpato, recién cambiado de bandera futbolística desde Italia a Australia en la víspera del Mundial, sacudió el larguero con un derechazo que silenció por un instante a la afición egipcia. El balón botó, tembló la portería y el aviso quedó lanzado.
Egipto respondió sin brillo, pero con colmillo. Los hombres de Hossam Hassan sufrían atrás, inseguros en cada balón dividido, pero aprovecharon la primera ocasión clara. Nestory Irankunda perdió la marca en el segundo palo, Karim Hafez puso un centro medido y Emam Ashour, solo, cabeceó a la red. Minuto 13 y 0-1. Segundo gol del torneo para el centrocampista y un mazazo para un equipo australiano que apenas había visto puerta dos veces en la fase de grupos.
Ese tanto obligaba a Australia a hacer algo que no había demostrado dominar: atacar con continuidad. Los Socceroos se estiraron, pero sin filo. Su primer disparo a puerta llegó tarde, a diez minutos del descanso, cuando Aziz Behich probó suerte con un tiro manso a las manos de Mostafa Shoubir, hijo de Ahmed, el guardameta que defendió el arco egipcio en el Mundial de 1990. Un apellido con historia, una intervención rutinaria.
El primer tiempo se fue embarrando. Choques, interrupciones, poca fluidez. Salah, con 34 años y recién salido de una lesión en el isquiotibial, apenas apareció. Más una sombra vigilada que una amenaza real. La imagen del tramo final de la primera parte fue otra: Jordan Bos, uno de los jugadores más rápidos del torneo, en el suelo, dolorido tras una dura entrada aérea de Rabia. El carrilero no pudo seguir y Kai Trewin entró tras el descanso, un golpe más a los planes de Popovic.
Australia reacciona, Egipto se asusta y el partido se rompe
Nada más volver del vestuario, Egipto tuvo la ocasión de matar el partido. Omar Marmoush, delantero del Manchester City, se encontró con el 2-0 en sus botas y lo mandó fuera, a centímetros del poste, en un remate a bocajarro. El aire acondicionado del estadio no fue lo único que se heló: también la sangre de los hinchas egipcios.
El aviso despertó a Australia. Y, sobre todo, activó su arma más reconocible: el balón parado y la presión física. En una falta lateral cerrada, el envío australiano se envenenó hacia el corazón del área. Mohamed Hany, acosado, se lanzó al balón con la cabeza y lo desvió a su propia portería. Autogol. Empate. Y segundo tanto en propia meta del lateral en este Mundial. De repente, el encuentro cambió de dueño anímico.
Egipto, que había logrado su primera victoria mundialista en la fase de grupos ante Nueva Zelanda (3-1), se encogió por momentos. Los Socceroos olieron la debilidad y empezaron a ganar metros, duelos, segundas jugadas. El partido se abrió, ya sin red.
Salah seguía lejos de su versión más temible, pero se mantuvo como faro. Apareció a cuentagotas, casi siempre de espaldas, descargando juego. En el tramo final del tiempo reglamentario, participó en una jugada que pudo evitar la prórroga: Patrick Beach, portero australiano, voló en el añadido para sacar un remate de Ramy que llevaba marchamo de gol. Esa parada, acrobática, empujó el duelo a la prórroga.
Prórroga de nervios y un destino escrito desde los once metros
Egipto terminó los 90 minutos con más energía. En el inicio de la prórroga, Salah tuvo por fin una opción franca, aunque en su pierna menos hábil. Derechazo desde la frontal, pero el balón se marchó muy por encima. El reloj corría y la sensación era clara: nadie quería cometer el error que lo decidiera todo. El miedo a perder pesaba tanto como el deseo de ganar.
Las piernas se fueron apagando. Las ideas, también. El partido se deslizó, casi sin ocasiones claras, hacia la definición que ambos parecían intuir desde hacía rato: los penaltis.
Popovic ejecutó entonces su plan final: Mathew Ryan al campo para la tanda. Cambio de portero, cambio de responsabilidad. El técnico australiano buscó experiencia y carácter bajo palos. Lo que no podía prever era lo que ocurriría a escasos segundos del primer lanzamiento.
La tanda que coronó a Egipto y dejó a Australia en silencio
Los penaltis se lanzaron hacia el fondo ocupado por la hinchada egipcia. Un mar de camisetas rojas, banderas, teléfonos móviles encendidos. Silbidos ensordecedores cuando se acercaban los australianos. Una caldera emocional.
El primer turno fue para Harry Souttar. Central, líder, uno de los referentes del equipo. Tomó carrerilla, levantó la vista… y mandó el balón muy por encima del larguero. Un disparo desviado que cambió el tono de la tanda desde el primer suspiro. Australia, a remolque desde el inicio.
A partir de ahí, precisión quirúrgica. Cinco lanzadores consecutivos acertaron, de un lado y del otro. Entre ellos, Salah, que transformó su penalti con una frialdad que contrastó con el sufrimiento acumulado durante todo el encuentro. Poco brillo en el juego, máxima eficacia desde los once metros.
El momento decisivo llegó con un adolescente frente al mundo. Lucas Herrington, 18 años, defensa australiano, caminó hacia el punto de penalti con el peso de la eliminación sobre sus hombros. Golpeó fuerte, quizá demasiado. El balón besó el travesaño y salió despedido. El murmullo se convirtió en rugido en la grada egipcia.
Quedaba el último paso. Abdelmaguid tomó la pelota, respiró hondo y ajustó el disparo. No tembló. Gol. Egipto, a la siguiente ronda. Salah, al suelo, entre lágrimas. Australia, hundida, consciente de haber rozado su primera victoria en un cruce mundialista para dejarla escapar en la ruleta de los penaltis.
Egipto, siete veces campeón de África, por fin se asoma a un nuevo escalón en el escenario global. Australia, que había construido su torneo desde la resistencia y el esfuerzo colectivo, se marcha con el eco del balón de Herrington golpeando el travesaño. La pregunta es inevitable: ¿cuánto tardarán los Socceroos en tener otra oportunidad tan cerca de la historia?






