Egipto hace historia en Texas: victoria en penaltis ante Australia
Hossam Abdelmaguid no tembló. Un estadio en silencio, 70.000 miradas clavadas en él, una nación entera conteniendo la respiración. Un par de pasos, un golpe seco, la red se agita. Egipto hace historia en Texas: 4-2 en la tanda de penaltis ante una Australia correosa y billete sellado para los octavos de final del Mundial por primera vez en su vida.
Mohamed Salah, que tantas veces cargó con el peso de su selección, esta vez terminó de rodillas, roto en lágrimas. No por dolor, sino por alivio. Por fin.
Un partido tenso, un héroe inesperado
El 1-1 tras 120 minutos no cuenta todo lo que se vivió en el hogar climatizado de los Dallas Cowboys. Fue un duelo áspero, espeso, en el que Salah, tocado por una lesión muscular en el anterior partido, apenas dejó destellos y desperdició ocasiones que en otro contexto habría convertido con los ojos cerrados.
El guion, sin embargo, se abrió pronto. Minuto 13. Centro de Karim Hafez desde la izquierda, desajuste en la marca y Emam Ashour aparece solo en el segundo palo. Cabezazo picado, gol. Segundo tanto del torneo para el centrocampista y Egipto al mando, quizá antes de merecerlo. El plan cambiaba de manos: el equipo de Hossam Hassan se replegaba, Australia, tan tímida en la fase de grupos (solo dos goles), obligada a atacar.
Los “Socceroos” avisaron muy pronto. Cristian Volpato, recién cambiado de bandera de Italia a Australia justo antes del Mundial, estrelló un disparo en la parte alta del larguero cuando apenas se habían jugado cinco minutos. Fue un aviso de que la noche no iba a ser cómoda para la zaga egipcia, que se mostró nerviosa en varios tramos.
Antes del descanso, Aziz Behich probó a Mostafa Shobeir con un disparo manso, casi un recuerdo familiar: el guardameta es hijo de Ahmed Shobeir, portero de Egipto en el Mundial de 1990. Pequeños guiños de historia en un partido que pedía a gritos escribir un capítulo nuevo.
Gol en propia puerta y miedo a perderlo todo
El encuentro se endureció. Salah, a sus 34 años y con un isquiotibial reciente, vagaba por zonas alejadas del peligro. La primera parte se cerró con una imagen que resumía el tono físico del choque: Jordan Bos, uno de los jugadores más rápidos del torneo, tendido en el césped tras una durísima entrada aérea de Rabia. El carrilero no pudo seguir y dejó su sitio al descanso a Kai Trewin, un golpe serio a las aspiraciones australianas.
Nada más reanudarse el juego, Egipto tuvo la ocasión de sentenciar. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró solo en el área y cruzó en exceso, rozando el poste. Era el 2-0 que habría cambiado la noche. Lo desperdició. Y el fútbol, que no suele perdonar, ajustó cuentas.
Un balón parado, un centro cerrado de los “Socceroos” y Mohamed Hany, acosado por la presión, cabeceó hacia su propia portería. Autogol. Segundo en este Mundial para el lateral egipcio. De la tranquilidad a la angustia en un instante. Australia, que hasta entonces chocaba con sus propias limitaciones en el último tercio, se encontraba de repente con el 1-1 y el viento a favor.
El partido se abrió. Egipto se estiró, consciente de que dejar el desenlace a la moneda del tiempo extra y los penaltis era jugar con fuego. Salah, aún apagado, participó en la jugada que terminó con Patrick Beach volando en el descuento para sacar un disparo de Ramy que olía a gol. Esa parada empujó el duelo a la prórroga.
Prórroga sin dueño, destino desde los once metros
Los 30 minutos adicionales tuvieron más tensión que fútbol. Egipto terminó el tiempo reglamentario con más piernas y más fe. Salah, ya en territorio conocido, buscó el gol en la primera parte de la prórroga con un disparo con la derecha, su pierna menos hábil, que se marchó alto. El reloj corría y cada ataque parecía más condicionado por el miedo a fallar que por el deseo de ganar.
Ninguno de los dos equipos había ganado jamás un partido de eliminatorias en un Mundial masculino. La historia pesaba sobre las botas. Con el 1-1 congelado y sin que nadie encontrara el detalle que rompiera la igualdad, la tanda de penaltis se volvió inevitable.
Tony Popovic movió su última ficha: sacó al veterano Mathew Ryan para la tanda en un intento desesperado de cambiar el destino. Un gesto de entrenador que sabe que la noche se decide en milímetros y nervios.
La tanda: Souttar se derrumba, Salah responde, Abdelmaguid sentencia
Los penaltis se lanzaron hacia el fondo repleto de aficionados egipcios. Silbidos, banderas, manos en la cara. Harry Souttar, central, abrió la serie para Australia. Y falló. Disparo alto, muy alto, por encima del larguero. Un mazazo inmediato para los oceánicos y una inyección de confianza para Egipto.
Los siguientes cinco lanzadores marcaron. Entre ellos, Salah. Caminó sereno, respiró hondo y ejecutó con frialdad, como si los últimos 120 minutos de frustración no hubieran existido. Gol limpio, sin adornos, puro oficio.
Con la presión acumulándose, el joven Lucas Herrington, 18 años, caminó hacia el punto de penalti con la responsabilidad de mantener con vida a su selección. Su disparo superó a Shobeir, pero no al travesaño. El balón se estrelló en la madera y salió despedido. Dos fallos australianos, la puerta abierta de par en par para la gloria egipcia.
Entonces apareció Hossam Abdelmaguid. Nada de carreras interminables ni gestos teatrales. Un golpe seguro, decidido, al fondo de la red. El estadio explotó del lado egipcio. Salah se derrumbó llorando, rodeado por sus compañeros. Australia, que había empujado hasta donde le dieron las fuerzas y el talento, se quedó con el corazón roto en Texas.
Egipto escribe su página y mira a Messi
Egipto ya había celebrado en la fase de grupos su primera victoria en un Mundial, un 3-1 ante Nueva Zelanda que rompía décadas de frustración. Lo de Texas va mucho más allá. Los siete veces campeones de África por fin se sientan en la mesa de las eliminatorias mundialistas.
Ahora les espera un gigante. En Atlanta, el martes, se medirán al ganador del duelo entre Argentina y Cabo Verde. Si la lógica se impone, enfrente aparecerá Lionel Messi y la vigente campeona del mundo. Otro tipo de examen, otro tipo de presión.
Pero esa es otra historia. La de esta noche ya está escrita: un autogol que casi lo estropea todo, un capitán tocado que encontró su momento desde los once metros y un joven llamado Hossam Abdelmaguid que convirtió un penalti en el disparo más importante de la historia mundialista de Egipto.
La pregunta ya no es si este equipo puede competir. La cuestión es hasta dónde está dispuesto a llevar este sueño ahora que ha aprendido, por fin, a ganar cuando más duele.






