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Inglaterra avanza pero su equipo sigue en duda

Hay muchos motivos para ser optimistas con Inglaterra en este Mundial. Tantos como dudas deja una cuestión clave: el equipo aún no está definido.

El objetivo principal era claro: liderar el grupo. Cumplido. Pero el billete a los últimos 32 llega después de tantos retoques, probaturas y cambios de pieza que la sensación es inequívoca: tres partidos después, Thomas Tuchel sigue sin saber cuál es su once ideal.

Y se nota.

Un laboratorio en plena competición

Tuchel continúa buscando soluciones. No es obligatorio tener todas las respuestas a estas alturas de un torneo: lesiones y sanciones obligan a ajustar ideas y nombres sobre la marcha. Pero la lista de asuntos por resolver antes de medirse a DR Congo en Atlanta el miércoles es larga.

El rompecabezas más evidente está en las bandas. Combinaciones de laterales y extremos, derecha e izquierda, prueba tras prueba. Nueve parejas distintas en 270 minutos, con ocho jugadores implicados. Un carrusel.

El motivo es sencillo: el técnico aún no ha encontrado la fórmula. Las bajas de Reece James y Jarell Quansah en el lateral derecho han complicado el plan, igual que el hecho de que Bukayo Saka no esté al cien por cien. El resultado: Inglaterra no genera un peligro constante por fuera y la zaga, alterada una y otra vez, tampoco transmite seguridad.

Cada vez que el rival se anima a atacar, el equipo sufre. Y eso, en un Mundial, es una alarma encendida.

Entre el desorden, un eje fiable

En medio de esa búsqueda interminable, hay jugadores que sostienen al equipo.

Elliot Anderson estuvo sensacional contra Panamá. Jude Bellingham fue elegido mejor jugador del partido, con todo merecimiento. Harry Kane volvió a marcar. Y junto a ellos, Jordan Pickford y Declan Rice completan una columna vertebral sólida, reconocible, fiable.

Sobre ellos se puede construir. Sobre ellos se puede confiar cuando el partido se atasca y alguien tiene que cambiar la historia con una acción brillante.

Lo ideal sería no vivir de destellos individuales. No depender de que alguien invente un gol de la nada, como hizo Bellingham al rematar el córner de Saka frente a Panamá. Lo deseable sería que el sistema, por sí mismo, generara una catarata de ocasiones en juego abierto. Pero el fútbol de torneo no siempre concede ese escenario. Hay noches en las que nada fluye.

Y entonces aparecen los detalles.

Bellingham, el que convierte lo normal en decisivo

Antes del gol, Inglaterra no intimidaba. No dominaba el área rival ni sometía a Panamá. Pero el equipo ya sabía que las jugadas a balón parado iban a ser decisivas en este Mundial. Y tener futbolistas capaces de transformar una acción aparentemente menor en un momento decisivo es oro.

El envío de Saka ni siquiera fue perfecto. No fue un centro de postal. Bellingham lo convirtió en uno. Se impuso en el área, se abrió hueco, mostró potencia, equilibrio y técnica para rematar. En cuanto el balón besó la red, el partido tuvo dueño. Desde ahí, solo se intuía un ganador.

El siguiente examen: romper el muro de DR Congo

El guion que espera ante DR Congo no será muy distinto al vivido contra Ghana y Panamá. Bloque bajo, mucha gente por detrás del balón, contraataques como amenaza principal. Otra vez, el desafío será derribar un muro.

Y ahí entra en juego algo tan básico como la forma de centrar.

En el duelo ante Panamá, con Marcus Rashford y Saka a pie cambiado, los extremos tendían a recortar hacia dentro y lanzar centros cerrados, inswingers, más sencillos de despejar para los defensas. Cuando Inglaterra ataca por fuera, cuando el extremo gana línea de fondo y pone el balón hacia delante, el peligro se multiplica.

El mejor ejemplo: el centro de Bellingham para el gol de Kane. El delantero sabe que el balón va a llegar, puede perfilar la carrera y atacar el área con ventaja. Esa es la Inglaterra que amenaza. La que llega, desborda y centra con intención.

Hasta ahora, esa versión solo ha aparecido a ratos.

Una defensa en permanente construcción

Si el ataque aún no ha mostrado su techo, la preocupación mayor está atrás. Inglaterra se ha visto superada defensivamente en los tres partidos.

Ante Croacia, la primera parte fue floja y llegaron dos goles encajados. Frente a Ghana y Panamá, el equipo se salvó, pero volvió a ofrecer demasiadas concesiones, demasiadas grietas. Esa fragilidad puede salir muy cara cuando suba el nivel de los rivales.

Cuanto más se avanza en un Mundial, más castigo traen los errores. Los delanteros fallan menos, los equipos regalan menos segundas oportunidades. Y remontar se vuelve una tarea titánica.

En otros torneos, incluso cuando la defensa no era extraordinaria, al menos estaba asentada. Había continuidad. Ahora, ni eso.

Todo apunta a que habrá otro cambio de cara atrás ante DR Congo. Spence podría regresar al lateral derecho, o Ezri Konsa desplazarse desde el centro de la zaga, con John Stones quizá acompañando a Marc Guehi, si está en condiciones. Otro dibujo, otro ensayo.

El riesgo calculado de Tuchel

Algunas de las modificaciones de Tuchel han sido obligadas. Otras, elegidas. El técnico sabía que apostaba fuerte con ciertos jugadores propensos a lesionarse. El riesgo forma parte del oficio, pero en un torneo corto se paga caro.

Sea cual sea la línea de cuatro que elija para el duelo en Atlanta, Inglaterra necesita que funcione. No solo para superar a DR Congo, sino para encadenar un par de rondas con algo que no ha tenido hasta ahora: estabilidad.

El horizonte inmediato apunta a México o Ecuador como posibles próximos rivales. El equipo parece tener talento suficiente para llegar ahí. Pero si Inglaterra quiere ir más lejos en este Mundial, no bastará con vivir de la inspiración de Bellingham, los goles de Kane o la jerarquía de Rice.

Tendrá que dejar de moverse la defensa como un puzzle inacabado y empezar a parecer lo que exige un campeón: una estructura que no se toca, porque funciona.