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Inglaterra triunfa en el Azteca pero sufre por Jordan Henderson

La noche pedía épica y trueno en el Estadio Azteca. La tormenta eléctrica retrasó el inicio una hora, pero cuando el balón echó a rodar, el coloso de Ciudad de México rugió como en sus grandes citas. México apenas conocía la derrota en casa: solo dos partidos oficiales perdidos en 89 desde 1966. Inglaterra llegó, sufrió y ganó 3-2. Pero se marchó con un nudo en la garganta: la lesión de Jordan Henderson puede costarle el Mundial.

Una celebración que acaba en drama

El pitido final desató la locura. Los jugadores ingleses corrieron hacia su grada, fiel al ritual que han repetido en cada victoria de este Mundial: cantar “Wonderwall” con su gente. En medio de la euforia, Henderson trepó por las vallas publicitarias para volver al césped. Y ahí, el giro cruel de la noche: resbalón, caída aparatosa sobre el brazo y gesto de dolor inmediato.

Se quedó tendido, inmóvil, mientras el resto del equipo seguía celebrando. Rápidamente entraron los médicos, le inmovilizaron la zona y lo sacaron en camilla rumbo al vestuario. Después, al hospital para más pruebas. El diagnóstico aún no se ha hecho público, pero el temor es claro: su Mundial podría haberse terminado en una celebración.

Thomas Tuchel no escondió su preocupación en ITV: “Not good, not good. Jordan fell over and injured his wrist, it looks really bad”. Directo, sin paños calientes.

Jude Bellingham, héroe de la noche, también dejó entrever la gravedad de la situación: “He’s in a bit of bother, but our medical team have got everything under control. Probably best for me not to say too much. We’re there to support him”.

Henderson apenas había participado en el torneo: solo unos minutos ante Panamá, entrando en la segunda parte. Frente a México ni siquiera jugó, aunque sí vio la amarilla desde el banquillo por meterse en una tangana mientras calentaba en la banda. Ironías del fútbol: su Mundial corre peligro sin haber pisado el césped esta vez.

Bellingham silencia el infierno del Azteca

Antes del susto, Inglaterra había firmado una actuación de carácter en uno de los escenarios más intimidantes del planeta. Tras la larga espera por la tormenta, México salió desatado, empujado por una afición que convirtió cada recuperación, cada choque, en un estallido. El plan era claro: ahogar a Inglaterra desde el primer minuto.

La selección de Tuchel aguantó el chaparrón inicial y empezó a enfriar el ambiente a base de posesión y calma. El golpe llegó pasada la media hora. Bukayo Saka aceleró por la derecha y puso un centro tenso, medido. Bellingham atacó el espacio con fiereza y se lanzó en plancha. Cabeza abajo, balón a la red. 0-1 y el Azteca, en silencio por un instante.

México aún no había asimilado el golpe cuando llegó el segundo. Otra vez por la derecha, esta vez con Harry Kane cayendo a banda, leyendo el partido como un veterano de mil batallas. Centro del capitán y, de nuevo, Bellingham, que apareció en el momento justo para firmar el 0-2. Dos zarpazos en dos minutos.

El estadio reaccionó con rabia. El “Sí se puede” bajó en cascada desde las gradas y contagió al equipo de casa. La respuesta no tardó.

México se rebela, Inglaterra se queda con diez

Un balón parado, un barullo en el área y el partido cambió de tono. Tras un libre directo colgado al área inglesa, la defensa no acertó a despejar con contundencia. El esférico quedó suelto y Julian Quinones, eléctrico durante todo el choque, conectó una volea dentro del área para recortar distancias. 1-2 y el Azteca volvió a convertirse en caldera.

El gol espoleó a México y agitó a Inglaterra. La segunda parte arrancó con los locales lanzados y el encuentro se torció aún más para los de Tuchel cuando Jarell Quansah vio la roja directa por una entrada temeraria. De golpe, 10 contra 11 en territorio hostil y con media hora larga por delante.

En ese escenario, muchos equipos se habrían desmoronado. Inglaterra no. Reajustó líneas, bajó el bloque y esperó su momento. Lo encontró en una acción que, sobre el papel, debía darle tranquilidad.

Anthony Gordon ganó la espalda de la defensa, encaró al guardameta y fue derribado dentro del área. Penalti claro. Kane, con el Azteca rugiendo a pleno pulmón, no se inmutó. Carrera corta, golpe seco, gol. 1-3 y una bocanada de aire cuando el partido parecía asfixiante.

Jiménez enciende el final, Inglaterra resiste

La calma duró un suspiro. En una acción defensiva dentro del área propia, Kane intentó despejar y terminó cometiendo penalti. El árbitro, tras revisar la jugada en el VAR, señaló el punto fatídico. El Azteca lo celebró como un gol.

Raul Jimenez asumió la responsabilidad. Miró al portero, eligió su lado y convirtió el 2-3. Quedaba tiempo. Quedaba ruido. Quedaba sufrimiento.

A partir de ahí, el partido se jugó en campo inglés. Más de veinte minutos con la selección de Tuchel pegada a su área, defendiendo cada centro, cada balón dividido, como si fuera el último. México monopolizó la posesión, cargó una y otra vez por bandas, probó desde fuera, buscó segundas jugadas. Inglaterra respondió con orden, solidaridad y un punto de heroísmo.

No hubo contragolpes de alivio, ni concesiones. Solo resistencia. Una zaga en bloque bajo, despejes sin florituras y un equipo que entendió que la gesta pasaba por sobrevivir.

Cuando el árbitro señaló el final, Inglaterra había firmado una victoria que se recordará por el contexto, por el escenario y por la forma en que la defendió con diez. Una noche grande, manchada por la imagen de Henderson saliendo en camilla.

La clasificación y la moral quedan por las nubes. La duda, ahora, es otra: ¿podrá uno de los líderes del vestuario volver a tiempo para seguir escribiendo esta historia?