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Mundial 2026: Expectativas y Desafíos de las Selecciones

El Mundial 2026 arranca en menos de 12 horas y, para bien o para mal, no se parece a nada de lo que hemos visto antes. Será gigantesco, exigente, quizá desmesurado. Pero nadie podrá decir que pasa desapercibido.

La primera patada al balón la darán México y Sudáfrica, esta noche a las 20.00, en el estreno de un torneo que se estira hasta los 104 partidos. Para algunos, la edición más ambiciosa de la historia. Para otros, la más hinchada. El juicio llegará después; de momento, hay fútbol por delante hasta el hartazgo.

Un escaparate para gigantes… y para dudas

España aterriza como gran favorita y vigente campeona de Europa. Tiene la plantilla más profunda, más completa, con un centro del campo que el resto solo puede envidiar. Si alguien ha construido una selección para sobrevivir a un Mundial de ocho partidos, es la de Luis de la Fuente. Pero hay una incógnita que lo atraviesa todo: Lamine Yamal. Una lesión en los isquiotibiales pone en duda su presencia en la fase de grupos. España tiene margen para dosificarle, pero el techo del equipo cambia mucho con él o sin él.

Francia aparece justo detrás, como la gran amenaza. Plantilla larga, talento ofensivo descomunal con Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé, Michael Olise y Désiré Doué, y la memoria fresca de dos finales consecutivas. Si ambos cumplen los pronósticos y ganan sus grupos, solo podrían cruzarse en semifinales. Un choque de trenes que ya se saborea antes incluso de que ruede el balón.

Para Didier Deschamps será el último baile al frente de Les Bleus. Se marcha después de este torneo. Cayó en la final anterior y el vestuario sabe que no habrá muchas más oportunidades de cerrar el ciclo con otro título mundial.

Inglaterra llega con algo que se le ha negado durante décadas: una cierta sensación de fe. Viene de perder la final de la Eurocopa 2024 ante España, 2-1, pero el paisaje ha cambiado. Thomas Tuchel ha sustituido el plan conservador de Gareth Southgate por una propuesta más fluida, más agresiva. Y no ha temblado al tomar decisiones: fuera Phil Foden, Cole Palmer y Trent Alexander-Arnold. Dentro, futbolistas que encajan mejor en su idea, aunque tengan menos nombre. Es una apuesta fuerte. Si sale mal, esas ausencias serán munición para sus críticos.

Messi, Ronaldo y el reloj que no perdona

El Mundial también se presenta como un ajuste de cuentas con el tiempo. Argentina, campeona vigente, persigue algo que nadie logra desde Brasil en 1962: revalidar el título. Lo hace con Lionel Messi a los 38 años, estirando la cuerda de la grandeza una vez más. Todo gira en torno a una pregunta simple y brutal: ¿puede volver a hacerlo?

Brasil, ahora en manos de Carlo Ancelotti, viaja con pólvora arriba y jerarquía atrás, pero con dudas en el centro del campo. La clasificación sudamericana fue irregular, lejos del dominio de otras épocas. Vinicius, Raphinha y Marquinhos sostienen el brillo, aunque ya no intimidan como antes. El talento está, la sensación de inevitabilidad ya no tanto.

Portugal mira al torneo con otro foco: es la última oportunidad de Cristiano Ronaldo para levantar el único gran trofeo que le falta. El impacto de ese relato en el rendimiento colectivo es un misterio. Puede unir, puede distraer. El Mundial dirá si el adiós del capitán impulsa al grupo o se convierte en ruido.

Y luego están los de siempre. El viejo tópico de “nunca descartes a Alemania” sigue vigente, más aún bajo el mando de Julian Nagelsmann, técnico obsesivo y moderno. Alrededor, selecciones como Colombia, Senegal o Marruecos acechan con el colmillo afilado, perfectamente capaces de dinamitar cualquier cuadro.

Un formato gigantesco que lo cambia todo

Detrás del brillo se esconde la gran apuesta –y la gran crítica– de este Mundial: el nuevo formato. Cuarenta y ocho selecciones, doce grupos, un camino ancho hacia las eliminatorias. Tanto, que la fase de grupos corre el riesgo de parecer una rampa de acceso sin peligro real para los grandes.

Los números son contundentes: pasan los dos primeros de cada grupo y los ocho mejores terceros. Es decir, dos tercios de los equipos estarán en los octavos de final… perdón, en la nueva ronda de 32. Se puede perder dos partidos y seguir vivo, aunque con un cruce más duro. El sistema parece diseñado para evitar sustos tempranos a las potencias que llenan estadios, audiencias y contratos de patrocinio.

La contrapartida es evidente: abundarán los partidos desiguales. Alemania contra Curazao el domingo, España ante Cabo Verde el lunes… sobre el papel, goleadas en potencia. Duelo como Qatar–Suiza o Uzbekistán–Colombia difícilmente dispararán el pulso fuera de sus fronteras. El riesgo, en estos primeros días, es que el torneo se sienta largo antes de volverse realmente emocionante.

No es casual que muchos miren directamente al cuadro de eliminatorias como el verdadero inicio del drama. Para las selecciones, en cambio, este colchón competitivo es oro: hay margen para gestionar cargas, lesiones y estados de forma tras una temporada de clubes que ha exprimido a las estrellas hasta el límite.

Calor, hidratación y gestión de estrellas

El contexto climático añade otra capa de dificultad. Ciudades como Miami, Houston, Guadalajara o Ciudad de México conocen bien lo que significa el calor extremo en junio y julio. FIFA ha impuesto pausas de hidratación obligatorias en los minutos 22 y 67 de todos los partidos, sin importar la temperatura, y ha diseñado el calendario para que la mayoría de encuentros diurnos se disputen en estadios con aire acondicionado.

Ni con esas será sencillo. El calor agotará piernas y cabezas. Sobre el papel, selecciones como España, Brasil, Argentina o México parten con ventaja: están más acostumbradas a competir bajo un sol que castiga.

La gestión física marcará el torneo. Futbolistas como Messi, Neymar, Lamine Yamal, Bukayo Saka o Nico Williams apuntan a una primera fase medida al milímetro: descansos, minutos contados, rotaciones. Quien aspire a llegar hasta el final tendrá que sobrevivir a ocho partidos en un entorno hostil para el cuerpo.

Un Mundial que también exige al aficionado

El reloj no solo corre para los jugadores. También para los hinchas. Los horarios son un castigo para buena parte de Europa. Para la afición irlandesa, por ejemplo, el menú arranca con Brasil–Marruecos a las 23.00 de un sábado y sigue con el debut de Argentina a las 2.00 de la madrugada de un miércoles. Despertadores, cafés y ojeras serán parte del ritual.

Es un Mundial que pide mucho a todos: jugadores, entrenadores, aficionados, sedes. Pide tiempo, paciencia y resistencia ante una maratón de 104 partidos. La pregunta es inevitable: ¿el fútbol de la parte alta del cuadro compensará el peaje?

La respuesta no llegará en las ceremonias ni en los discursos. Llegará el 19 de julio, cuando el campeón levante el trofeo y el planeta decida si este nuevo Mundial gigante ha sido un salto necesario o el primer aviso de que el fútbol, quizá, empieza a estirarse más de la cuenta.

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