Ousmane Dembélé brilla en el Mundial con hat-trick
El mundo esperaba un duelo de gigantes: Erling Haaland contra Kylian Mbappé. Boston como escenario, liderato del grupo en juego, aroma de clásico anticipado. Pero bastó ver las alineaciones para entender que esa historia no iba a escribirse. Haaland, en el banquillo. Noruega, con diez cambios. Y un vacío narrativo enorme.
Lo llenó Ousmane Dembélé.
Treinta y dos minutos le bastaron al extremo para firmar un hat-trick deslumbrante, el segundo más rápido desde el inicio de un partido en la historia de los Mundiales masculinos. Tres golpes de talento puro que derribaron a una Noruega rotada y colocaron a Francia en lo más alto del Grupo I.
Un partido que cambió de protagonista
Stale Solbakken dejó claro con su alineación que el objetivo no era asaltar el primer puesto, sino guardar fuerzas para los cruces. Diez cambios respecto a las dos victorias previas, Haaland a resguardo, Jorgen Strand Larsen en punta. Al otro lado, Francia, dirigida en la banda por Guy Stephan tras el regreso a casa de Didier Deschamps por el fallecimiento de su madre, salió con el cuchillo entre los dientes.
El inicio fue un monólogo. Presión alta, robo constante en campo rival, Mbappé flotando entre líneas. Y el primer aviso llegó en apenas 21 segundos: derechazo del astro francés, balón al larguero y un murmullo de incredulidad en la grada. Parecía que sería otra noche suya.
No lo fue.
En el minuto 7, Francia recuperó la pelota en campo noruego. Mbappé levantó la cabeza, cambió el juego hacia la derecha y encontró a Dembélé aislado, cara a cara con su marcador. Un amague, un cambio de ritmo y un latigazo seco que superó a Egil Selvik. 1-0. Gol de extremo clásico, de los que rompen partidos y planes tácticos.
El dominio francés se transformó en exhibición veinte minutos después. Noruega perdió el balón en zona sensible, Francia salió como una flecha y Dembélé recibió de nuevo abierto a la derecha. Esta vez recortó hacia dentro, se apoyó en su pie izquierdo y dibujó un disparo enroscado que se coló en la escuadra lejana. 2-0. Un gol de videojuego.
Noruega responde… y Dembélé aplasta cualquier duda
El golpe despertó a Noruega. Desde el saque de centro, el equipo de Solbakken encadenó una acción vertical que pilló a la zaga francesa mirando. Thelo Aasgaard apareció en el área y cruzó el balón ante Mike Maignan, que quedó descolocado. 79 segundos después del 2-0, 2-1. Un aviso: ni con suplentes iban a regalar el partido.
Pero Dembélé no había terminado.
Con cuatro defensores rodeándole, volvió a hacer lo que mejor sabe: recibir, encarar, amagar, perfilarse para el zurdazo. Otra vez el mismo gesto, otra vez el mismo destino. Disparo curvado, Selvik vencido, 3-1 y hat-trick histórico. No solo era su cuarto gol en el torneo, era también la primera vez que marcaba más de una vez con la camiseta de Francia en un mismo encuentro.
El tercer tanto tuvo una dimensión especial. La jugada que lo originó encadenó 17 pases, con los 11 jugadores franceses tocando el balón. Una obra coral que terminó en un remate individual de genio. Es el gol de Francia en un Mundial con más pases en su elaboración desde que existen registros. Fútbol total al servicio de un futbolista que, durante años, fue más noticia por sus lesiones que por sus noches así.
La crítica como gasolina
Stephan no escondió el trasfondo emocional tras la exhibición de Dembélé. El asistente de Deschamps reconoció que el extremo había sentido el ruido mediático en Francia.
“Ousmane es un ser humano, como cualquiera puede escuchar las críticas”, recordó. “Ha tenido desgraciadamente problemas de lesiones, pero cada vez vuelve más fuerte. Tres goles en un partido de Mundial es excepcional”.
No era solo una cuestión de números. En Boston, Dembélé fue el director de orquesta. Donde otras veces la escena la monopoliza Mbappé, esta vez el 10 francés se movió en un registro más discreto. De hecho, fue el jugador de campo de Francia con menos toques en la primera parte. El guion recordó por momentos al duelo de cuartos de final de 2022 ante Inglaterra, cuando Antoine Griezmann asumió el control mientras Mbappé absorbía marcajes.
Aquí, el foco apuntó a Dembélé hasta que se retiró en el minuto 65, ovacionado, con el trabajo hecho y el ritmo del partido ya en descenso.
Maignan, la otra mano decisiva
Con el 3-1 y el liderato prácticamente asegurado, Francia levantó el pie tras el descanso. Eso dio aire a una Noruega que, pese a la alineación alternativa, todavía tenía algo que decir. El gran momento nórdico llegó al inicio de la segunda mitad, cuando el árbitro señaló un penalti.
Strand Larsen tomó la responsabilidad. Maignan, imperturbable, le adivinó la intención y detuvo el lanzamiento. Con esa parada, el guardameta se convirtió en el primer portero francés en detener un penalti en un Mundial —sin contar tandas— desde Joël Bats en 1986. Un guiño histórico que refuerza la sensación de solidez en una selección que aspira a su tercer título.
El error desde los once metros subrayó el peaje de la apuesta de Solbakken. Sin Haaland, sin los automatismos de los titulares, Noruega compitió a ráfagas, pero careció de filo en las áreas. El técnico, en la práctica, aceptó el segundo puesto del grupo a cambio de llegar con su estrella descansada a los cruces. Los aficionados noruegos, eso sí, esperarán que ese reposo se traduzca en una versión devastadora de Haaland en la próxima ronda, donde llega con cuatro goles, los mismos que Mbappé.
Un cierre a la francesa
Con el partido ya deshilachado y Dembélé en el banquillo, aún quedaba una última pincelada. En el minuto 94, Desire Doué, compañero de Dembélé en Paris Saint-Germain, apareció en el área para cabecear un balón bombeado y firmar el 4-1 definitivo. Un gol tardío, casi anecdótico en el marcador, pero que redondeó una noche que consolida a Francia como uno de los grandes favoritos del torneo.
El triunfo no solo sella el primer puesto del grupo. Supone también la primera vez desde 1998 que Les Bleus encadenan tres victorias en una fase de grupos de un Mundial. Aquella vez levantaron la copa en casa. La comparación es inevitable, pero Stephan pidió calma.
“Este equipo es totalmente diferente al de 2022”, recordó. “Más de la mitad de la plantilla no había jugado nunca un Mundial. Solo podremos ver cómo evolucionamos a medida que avance el torneo y enfrentemos a rivales fuertes. Necesitamos equilibrio entre ataque y defensa, y para eso hay que esperar”.
Esperar. Palabra clave en un Mundial largo, lleno de trampas, donde un mal día puede tirar por tierra años de trabajo. Francia, de momento, combina resultados, registros y noches de brillo individual.
El duelo que todos esperaban, Haaland contra Mbappé, tendrá que aguardar. Mientras tanto, el torneo ya tiene una nueva historia grabada a fuego: la noche en que Ousmane Dembélé convirtió un partido de trámite en una obra de arte y se sentó, por derecho propio, en la mesa de las grandes figuras de este Mundial.





