Rangers enfrenta crisis de lealtad y resultados
En una sala repleta de accionistas de Rangers, no fue un directivo ni un nuevo inversor estadounidense quien marcó el tono de la tarde. Fue un aficionado.
Se levantó, tomó el micrófono y lanzó una advertencia que heló el ambiente: «Tened mucho cuidado: por muy leales que seamos, si esta podredumbre continúa, el ambiente en la grada hará que la gente deje de venir y de comprar lo que nos estáis vendiendo».
Devolvió el micrófono. Se sentó. Y cerca de 800 accionistas estallaron en aplausos.
Cuatro días después, esos mismos aficionados vieron cómo su equipo quedaba fuera de la Europa League con un 1-1 ante Jagiellonia Bialystok en Ibrox. Un empate que supo a eliminación y que resumió a la perfección el pésimo arranque de temporada bajo el mando del nuevo técnico, Derek McInnes.
Cuatro partidos, dos empates, dos derrotas. Nada más. Nada menos.
Un proyecto nuevo que ya huele a viejo
Mientras el exentrenador de Hearts busca desesperadamente la fórmula para enderezar el rumbo sobre el césped, el consejo de administración haría bien en no olvidar aquella advertencia del accionista. Porque el mensaje iba mucho más allá del marcador de una noche europea.
Si los aficionados deciden que no compran lo que el nuevo consorcio les quiere vender, las cuentas no van a cuadrar. Tan simple como eso.
Rangers tropieza en el campo, pero en los despachos saben perfectamente que solo hay una manera de arreglarlo: con la lealtad de la grada intacta. El problema es que esa lealtad no es infinita. Y ya ha sido puesta a prueba demasiadas veces en la última década.
En términos empresariales, el producto está fallando. Y cuando el producto falla, el dueño necesita apuntalar la confianza del cliente. En Ibrox, esa frase se traduce en algo muy sencillo: ganar partidos.
La historia reciente del club lo demuestra con crudeza. La confianza llega con victorias. Las victorias traen dinero. Y el dinero permite seguir compitiendo. Romper ese círculo virtuoso, como ya han comprobado anteriores dirigentes, sale carísimo.
Europa y mercado: las dos columnas de los grandes
En el contexto económico del fútbol escocés, las fuentes de ingresos clave para los grandes clubes son claras: participación en competiciones europeas y compraventa de jugadores.
En los últimos cinco años, y dejando a un lado los ingresos de día de partido, Rangers ha ingresado en torno a 18 millones de libras por participación europea. En las últimas cuentas, esa cifra representaba aproximadamente el 19% de la facturación total. No es un extra: es una columna estructural del presupuesto.
Por supuesto, hay que descontar primas por victoria y costes de competir, pero para acercarse a ese volumen esta temporada, el club tendría que ganar la Conference League. Un listón altísimo.
El analista Kieran Maguire, del portal Price of Football, lo resumió con una comparación contundente: por cada libra que se gana en la Europa Conference League, se pueden ingresar dos en la Europa League y siete en la Champions League. La diferencia de escalón es brutal.
A eso se suma el factor Ibrox. En la Conference, solo hay tres partidos en casa en la fase de grupos, frente a los cuatro de la Europa League. Menos noches europeas, menos taquilla, menos consumo en el estadio. Menos ruido, también.
La única cara positiva de caer a la Conference es deportiva: si Rangers se clasifica para la fase de grupos, tendrá más opciones de avanzar rondas. Pero antes de pensar en eso, debe superar a Jablonec en una eliminatoria a doble partido para asegurarse siquiera presencia en la fase de liga.
Incluso si lo logra, las proyecciones hablan de un posible agujero de alrededor de 8 millones de libras en ingresos europeos respecto a temporadas recientes. Para un club de la Premier League inglesa, esa caída se podría absorber sin un terremoto. Para Rangers, en la realidad económica de Escocia, es otra historia.
El mercado que no termina de arrancar
La otra vía para tapar el agujero es obvia: vender bien. Algo que el club lleva años intentando sin convertirlo en un hábito fiable.
Informaciones recientes apuntan a que Rangers rechazó una oferta cercana a los 22 millones de libras por su delantero Youssef Chermiti antes de que sufriera una grave lesión que podría dejarlo fuera lo que resta de temporada. Una cifra así habría aliviado notablemente la presión tras la eliminación en la Europa League. Ahora solo queda el consuelo amargo de la perspectiva: el famoso “si lo hubiéramos sabido”.
El siguiente gran activo en el escaparate es Nico Raskin. El centrocampista belga está valorado en torno a 14,5 millones de libras según el portal Transfermarkt. Una venta de ese calibre supondría un impulso inmediato a las cuentas, pero abriría otro problema: cómo reemplazar a un jugador clave en un equipo ya cuestionado.
Mientras tanto, el consejo ha levantado 16 millones de libras en capital a través de una nueva emisión de acciones y asegura que sigue buscando inversión fresca. Ese dinero se captó con una promesa muy clara: reforzar el equipo. Sin embargo, las dudas crecen.
Más de veinte jugadores han llegado al club en los últimos doce meses. El volumen impresiona. El rendimiento, mucho menos. La planificación deportiva está bajo la lupa de una afición que ya no compra discursos con tanta facilidad.
Al mismo tiempo, el club ha presentado planes para remodelar Ibrox y modernizar el campo de entrenamiento. Proyectos ambiciosos, sí, pero también costosos. Y la factura no deja de crecer.
El nuevo consorcio, del que todavía hay nombres que no han salido a la luz, invirtió inicialmente 20 millones de libras cuando tomó el control hace un año. Todo apunta a que tendrá que volver a abrir la cartera antes de que acabe el año. La gran incógnita es hasta qué punto está dispuesto a hacerlo.
La delgada línea entre la ira y la apatía
Antes de pedir más dinero a nadie, Rangers tiene otra tarea urgente: convencer a sus aficionados de que el club avanza en la dirección correcta.
Desde dentro se insiste en que los malos resultados recientes no han alterado el plan financiero ni el objetivo declarado de ganar de forma sostenida y sostenible. La estrategia, dicen, no cambia por un mal mes.
Pero la advertencia del accionista en aquella reunión resuena con fuerza. Los propietarios han admitido errores en el pasado reciente. Han pedido perdón. El problema es que las disculpas solo sirven si van acompañadas de lecciones aprendidas. Y de cambios visibles.
Chris Jack, del medio Rangers Review, lo resumió en declaraciones a BBC Scotland News: la lealtad del aficionado de Rangers es innegociable y se ha demostrado durante muchos años, pero toda afición tiene un límite. Llega un momento en el que el hincha se mira al espejo y dice: “Hoy no me apetece ir. Ahora les toca al club, a los jugadores y al entrenador darme algo”.
Durante mucho tiempo, la reacción en Ibrox ante las crisis fue la ira. Protestas, pancartas, ruido. Ahora, en ciertos sectores, esa rabia empieza a transformarse en algo mucho más peligroso: apatía.
Y en el fútbol, la apatía siempre tiene un precio. Un precio que quienes manejan Rangers, en este momento de fragilidad deportiva y económica, difícilmente pueden permitirse pagar. La pregunta es cuánto falta para que ese aviso aislado en una junta se convierta en la voz mayoritaria de Ibrox.






