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West Ham enfrenta un nuevo desafío en el Championship

Diez veranos en el London Stadium y, para West Ham, la sensación de que el frío verdadero ha llegado ahora. El sábado, el estreno de temporada no es un glamour europeo ni una visita de élite de la Premier League, sino una primera ronda de Carabao Cup ante Portsmouth. Un cruce que huele a pasado, pero que sobre todo recuerda el presente: un club recién descendido, golpeado y en plena pelea consigo mismo.

Un descenso que no limpia, ensucia

Hay clubes que caen al Championship y lo usan como trampolín. West Ham ya lo hizo en 2011-12, cuando Sam Allardyce los devolvió a la Premier a la primera oportunidad. Entonces, la segunda categoría sirvió para reagruparse. Ahora, en 2026, el paisaje es muy distinto.

Los Hammers son favoritos claros para ascender según las casas de apuestas, pero esa etiqueta contrasta con un verano de turbulencias. No solo deportivas. Sobre todo políticas. El verdadero incendio está en el palco.

Mientras Portsmouth prepara el desplazamiento de 9.000 aficionados al este de Londres, la gran incógnita es otra: ¿aparecerá David Sullivan en el estadio? Los operadores del London Stadium han recomendado que el antiguo copresidente, todavía copropietario, se quede en casa. Temen protestas, temen incidentes, temen que la bronca que hierve en la grada encuentre objetivo.

El propio consejo de aficionados del club ha avisado: su presencia causaría “ofensa y malestar”. Pese a ello, se espera que Sullivan acuda. Quiere vivir la temporada “como un aficionado”, dicen, y no tiene prisa por desprenderse de su 38,8% de acciones. Es una decisión desafiante, casi provocadora, si se tiene en cuenta el contexto: el 25 de mayo, el día en que se confirmó el descenso pese a ganar en casa a Leeds, tuvo que abandonar el estadio antes del final por motivos de seguridad.

El dueño bajo el foco

Sullivan niega de forma tajante las acusaciones de conducta sexualmente explotadora y depredadora hacia mujeres, lanzadas por un documental de Panorama de la BBC a principios de junio. La víspera de la emisión, dejó su cargo en el club “para evitar distracciones mientras aborda el asunto en privado”. Pero incluso antes de ese escándalo ya era el pararrayos perfecto.

Desde la conquista de la Europa Conference League en mayo de 2023, el club ha entrado en picado. El traspaso de Declan Rice por 100 millones de libras, una oportunidad histórica, se diluyó sin dejar estructura sólida. El dinero se fue, el equipo se desmoronó. De aquella noche en Praga solo queda como estandarte Jarrod Bowen, ahora capitán, que ha prometido quedarse y liderar el intento de regreso a la élite.

Hasta su caída del poder formal, Sullivan ejercía de facto como director deportivo, para desesperación de más de uno dentro del área de fútbol. Su aliada de siempre, Karren Brady, se marchó en abril, poniendo fin a una sociedad que arrancó en 1990. La vieja guardia se descompone, pero el vacío de poder no trae calma, sino más incertidumbre.

Pese a todo, la base social resiste. Se han vendido 50.000 abonos de temporada para la campaña en Championship. La grada quiere estar, quiere empujar, pero quiere otra cosa por encima de todo: que Sullivan desaparezca del mapa del club. Su salida del día a día había encendido una chispa de esperanza. La sensación de que, por fin, se abriría una nueva etapa.

Kretinsky, Staveley y el tablero de poder

La realidad, de momento, es un tablero complejo y opaco. Daniel Kretinsky, el multimillonario checo propietario de Royal Mail y dueño del 27% de West Ham desde 2021, parecía el candidato natural a dar el siguiente paso. Sin embargo, esta misma semana redujo su participación a algo menos del 25%. Un movimiento que, lejos de ser una retirada, forma parte de una estrategia más fina.

La pieza clave es el 25% que pertenecía al fallecido David Gold, antiguo copresidente junto a Sullivan. Ese paquete está en manos de su hija, Vanessa Gold, ahora copresidenta. Kretinsky tiene derecho de tanteo sobre esas acciones. Si las compra sumaría más de la mitad del club. Y ahí entra la normativa: superar el 50,1% le obligaría a lanzar una oferta formal de adquisición total.

Para evitar ese escenario, ha cedido un 2% a un aliado de su confianza, el empresario checo Jakub Havrlant. Así se mantiene por debajo del umbral que dispara la oferta obligatoria. Si finalmente adquiere el paquete de los Gold, bloquearía de facto a otra figura que ha entrado en escena: Amanda Staveley.

El nombre de Staveley reaparece justo cuando West Ham busca un nuevo rumbo. En julio de 2024 dejó Newcastle, tras ser pieza clave en la llegada del Saudi Arabian Public Investment Fund. El pasado septiembre se la vinculó con un intento de entrada en Tottenham. Ahora, su objetivo es West Ham, y se apunta a que recurriría a una fuente de financiación similar a la que utilizó en el norte.

Entre los aficionados del Newcastle actual, su marcha dejó un hueco de energía y empuje. Entre los seguidores de los Hammers, algunos sueñan con que pueda repetir ese efecto galvanizador en el este de Londres. Pero el movimiento de Kretinsky sobre el paquete Gold cruza su camino. Y las acciones de Sullivan siguen siendo la llave maestra del club. La próxima jugada de Staveley se espera con atención casi de thriller.

Plantilla en obras y caja por rellenar

Mientras las maniobras societarias marcan la agenda, el fútbol intenta abrirse paso. El primer fichaje del verano ha sido Joël Veltman, defensa libre tras su etapa en Brighton y Ajax. Un refuerzo sobrio para una defensa que deberá adaptarse al rigor del Championship.

Para poder incorporar más, West Ham ha tenido que vender. Las salidas de Mateus Fernandes a Tottenham y de Crysencio Summerville a Al-Hilal han dejado unos 140 millones de libras en caja, una cifra equivalente a un año de ingresos televisivos de la Premier League. Una inyección potente, pero también un recordatorio de que el talento se va mientras el club recompone su proyecto.

La marcha de Freddie Potts, canterano, a Club Brugge por 10 millones ha dolido a parte de la grada. Un producto de la casa que se va en plena reconstrucción siempre deja mal sabor. La realidad económica, sin embargo, aprieta: “necesidades mandan” si quieren llegar más fichajes.

Uno de los nombres en la agenda es Troy Parrott, héroe del playoff mundialista con Irlanda y delantero de AZ Alkmaar. Un perfil interesante para la categoría, aunque convencer a jugadores con mercado internacional para bajar al Championship nunca es tarea sencilla.

Nuno, calma en medio del ruido

En el banquillo, contra pronóstico, sigue Nuno Espírito Santo. Muchos daban por hecha su salida tras el descenso. No se produjo. El portugués mantiene su serenidad habitual, casi zen, en un entorno que tiende al pánico a la mínima chispa.

La combinación de la caída a segunda, la parálisis en los despachos y la sensación de vacío de poder alimenta la ansiedad. El calendario tampoco ayuda a rebajar pulsaciones: antes del 1 de septiembre, West Ham se medirá a Burnley, Charlton, Watford y Wolves en liga. Un inicio incómodo, plagado de rivales con colmillo en la categoría.

En el área ejecutiva, otro regreso: Karim Virani, que ya trabajó en el club hasta 2020 y pasó por Glasgow Rangers, ha sido nombrado director ejecutivo interino. Su misión inmediata es casi quirúrgica: intentar coser las piezas sueltas de una institución fracturada y dar al proyecto una mínima coherencia.

Un estadio que nunca será hogar del todo

Fuera del césped, el London Stadium ha vivido un verano intenso. Conciertos de Take That y Metallica, un mitin de la Diamond League en julio con récord mundial de la milla para Josh Kerr y, ahora, una candidatura confirmada para albergar el Mundial de Atletismo de 2029. Todo ello tras un pulso entre el club y los propietarios del recinto.

Cada evento refuerza la misma sensación entre los hinchas: el estadio nunca será plenamente suyo. Diez años después de dejar el Boleyn Ground, la herida sigue abierta. El acuerdo que firmaron en su día Sullivan, Gold padre y Brady convirtió al London Stadium en una casa alquilada de lujo, pero sin alma futbolera propia. Un lugar donde West Ham juega, pero que no siente como hogar.

En ese escenario, con una afición que no perdona ni el descenso ni la gestión ni el estadio, la figura de Sullivan difícilmente encontrará cobijo. El sábado, cuando Portsmouth y sus 9.000 seguidores llenen de ruido la primera noche de la nueva era en Championship, la gran cuestión no será solo cómo responde el equipo.

La verdadera pregunta, la que sobrevuela cada grada, es si este será el año en que West Ham vuelva a subir… o el año en que, por fin, cambie de manos.

West Ham enfrenta un nuevo desafío en el Championship