Chelsea y el nuevo reto de Gittens con la llegada de Rogers
En Sídney, bajo el sol de invierno australiano, Chelsea empieza a enseñar los colmillos. Y Jamie Gittens ya ha elegido a su estandarte para la nueva era: Morgan Rogers.
El joven extremo no se anda con rodeos. Para él, el fichaje récord británico de 117 millones de libras desde Aston Villa no es solo una operación de mercado, es una declaración de guerra al resto de la Premier League. Un mensaje directo: en Stamford Bridge ya no se habla de transición, se habla de títulos.
“Queremos ganarlo todo”, lanza Gittens. Premier League, FA Cup, cualquier trofeo que se cruce en el calendario. Y en esa hoja de ruta, la llegada de Rogers es, en sus palabras, “subir el listón para ganar títulos”. Nada de matices: “Es un jugador top. Es increíble”.
Rogers, millones y presión en un ataque abarrotado
La paradoja es evidente. El desembarco de un atacante de ese calibre complica la vida precisamente a futbolistas como Gittens, que pelean por un hueco en un frente ofensivo ya superpoblado. Pero el inglés no se esconde. Acepta el reto, incluso lo celebra.
“La calidad está ahí, seguro. Como equipo tenemos individuos que pueden hacer cosas increíbles, pero tenemos que juntarlo todo”, admite. El mensaje es claro: talento sobra, lo que falta es convertirlo en un engranaje fiable. Y eso se gana en el día a día, en una plantilla que él mismo define como “muy competitiva”.
La lucha por minutos será feroz. Y a Gittens parece entusiasmarle el escenario. “Tenemos que seguir trabajando duro y mostrando de qué estamos hechos. Todos están muy positivos, con ganas de la nueva temporada, de ser mejores y tener éxito. Eso es lo principal”.
El efecto Alonso: de rival incómodo a guía en el banquillo
Si el fichaje de Rogers marca un cambio de nivel, la llegada de Xabi Alonso ha cambiado el clima. El español ha entrado en Cobham con la autoridad de quien ya demostró en Alemania que sus ideas funcionan. Gittens lo sabe bien: lo sufrió en primera persona con la camiseta de Borussia Dortmund ante el Bayer Leverkusen invicto del técnico vasco.
“Fue duro. Por el sistema, diría. También jugaban con línea de tres atrás”, recuerda. Y empieza a recitar nombres: Florian Wirtz, Jeremie Frimpong, Amine Adli, Piero Hincapié, Granit Xhaka. “Eran un verdadero equipo”. No era solo talento, era estructura, automatismos, una máquina difícil de desarmar.
Ahora, ese mismo cerebro dirige a Chelsea. Y Gittens no oculta su admiración. “Fue un jugador top, así que que venga y nos enseñe es lo mejor para nosotros. Un centrocampista de clase mundial, probablemente el mejor en hacerlo”, suelta, sin ahorrar elogios. Pero lo que más le marca no es el currículum, sino el trato diario: “Es un tipo muy agradable. Habla con nosotros individualmente, nos dice en qué podemos mejorar, qué podemos hacer mejor. Como jugador, es lo único que quieres”.
Al extremo le ha quedado clara la hoja de ruta personal: “Me ha dicho que siga siendo positivo, que siga encarando, creando ocasiones y empujándome al máximo”. Directrices sencillas, pero exigentes. Nada de refugiarse en el pase fácil. Desborde, riesgo, impacto.
La vieja clase de Alonso, aún viva en la hierba
El vínculo con Alonso no se queda en la pizarra. En la gira por Australia, Gittens ya ha probado de primera mano que el técnico conserva algo más que prestigio. Todavía manda con el balón en los pies.
Recibir un centro marca de la casa del entrenador le bastó para entender que la leyenda no se ha apagado del todo. “Es increíble, de verdad. Tiene un poco de aura porque fue un jugador top en su día y ahora es obviamente un gran entrenador”, reconoce. La figura del técnico se impone sola, sin necesidad de levantar la voz.
Lesión, soledad y un verano para reconstruirse
La sonrisa actual de Gittens tiene cicatrices detrás. Desde su fichaje por 48,5 millones de libras desde Dortmund en 2025, su paso por Stamford Bridge no ha sido el cuento de hadas que muchos esperaban. Apenas un gol en 27 partidos y una lesión grave de isquiotibiales que le cortó en seco la temporada 2025-26.
“Fue duro, porque fue la primera lesión muscular que he tenido. Nunca había tenido problemas de isquios”, admite. El golpe fue tanto físico como mental. Un desafío nuevo para un jugador acostumbrado a correr sin mirar atrás.
La respuesta llegó lejos de Londres. Portugal y Marbella se convirtieron en su refugio y su campo de trabajo. Un verano casi en solitario, centrado en un plan físico riguroso para llegar a la pretemporada sin excusas. Horas de gimnasio, césped, repeticiones. Sin focos, sin titulares, solo el eco de sus propios objetivos.
“Ahora estoy mejor, así que me siento más confiado. Me siento mucho mejor, más seguro ahora que mi cuerpo está bien, los isquios están bien, así que solo estoy esperando que empiece la temporada”, explica. Tiene metas personales claras, aunque se las guarda. No necesita proclamarlas, prefiere que hablen los partidos.
Gittens, entre la redención y la oportunidad
La nueva campaña se presenta como una segunda oportunidad. Un intento de reescribir la primera página de su historia en Stamford Bridge. Y las señales iniciales apuntan en la dirección correcta: ya ha marcado en los amistosos de pretemporada ante Crawley y Bromley. Pequeños destellos, como él mismo los define. Pero suficientes para recordar que hay un jugador ahí dentro.
La competencia, con Rogers ahora en el vestuario, no dará tregua. Cada minuto contará. Cada regate, cada desmarque, cada presión. Y Gittens lo asume como un examen continuo.
“Este es un club enorme. Quiero tener éxito aquí. Necesito mostrar a la gente lo que puedo hacer. Seguiré trabajando duro”, avisa. Sabe que hasta ahora solo ha enseñado “pequeños trozos” de su verdadero nivel. Pero se agarra a una promesa que suena más a determinación que a deseo: “Esta temporada será una buena temporada”.
El siguiente paso en esa reivindicación llega en Australia. Chelsea se mide el martes a Western Sydney Wanderers, otro escaparate para un futbolista que ya no quiere ser solo un proyecto, sino una pieza real en el nuevo Chelsea de Xabi Alonso.
Rogers acapara los titulares. Alonso, las miradas. Gittens, en silencio, se prepara para algo más simple y a la vez mucho más difícil: demostrar, por fin, que pertenece a la élite que el club ha decidido construir a golpe de millones.





