FIFA intenta restaurar la confianza tras crisis
La FIFA se felicita a sí misma. Otra vez. Esta vez, por algo tan grandilocuente como “restaurar la confianza” en la organización. ¿La prueba? Sus propias palabras. Nada más.
Entre comunicados pulidos y frases que rozan la caricatura, el máximo organismo del fútbol mundial intenta reescribir una crisis que, en realidad, tiene nombre y apellido: Gianni Infantino. El presidente que, según el propio relato interno, ha guiado a la institución hacia un nuevo horizonte. El mismo que ha conseguido algo poco habitual en este deporte: unir a una cantidad enorme de actores… en su contra.
Un proyecto opaco y una rebelión global
Todo estalló con el llamado “Fifa Forward Enterprise proposal”, el plan para, en la práctica, vender el Mundial a capital privado. Un proyecto tan delicado que ni siquiera muchos dentro de la casa madre sabían exactamente de qué se trataba. No se consultó a confederaciones, clubes, federaciones nacionales, jugadores ni aficionados. Tampoco, según se describe, a figuras clave del propio organigrama: ni al director de operaciones Kevin Lamour ni al responsable de desarrollo global del fútbol, Arsène Wenger.
La escena es demoledora: un deporte global, sacudido por una idea impulsada desde la cúpula, sin explicaciones claras y con un nivel de secretismo tal que, como se ironiza, parecía reservado a un puñado de personas cercanas a la familia Kushner. A las asociaciones nacionales se les habría prometido más fondos si apoyaban la propuesta que, de aprobarse, abría la puerta a la comercialización a gran escala del Mundial. Para muchos, una línea muy fina, peligrosamente cercana a la noción de soborno, aunque esa palabra no aparezca en ninguna carta de Infantino.
El resultado fue un levantamiento político sin precedentes recientes: numerosas federaciones pidieron la salida del presidente, otras se posicionaron frontalmente contra el proyecto y la imagen de la FIFA volvió a quedar expuesta como un organismo desconectado de la base del juego que dice representar.
Rabat, el comunicado y la “confianza restaurada”
Tras la tormenta, Rabat. La FIFA emitió un comunicado sobre una “reunión constructiva y positiva” en la capital marroquí. De allí salió la gran conclusión oficial: el polémico plan queda “fuera de la mesa”. Al menos, por ahora.
En paralelo, Gianni Infantino y el secretario general Mattias Grafström firmaron una carta conjunta que condensa el tono de esta nueva etapa. “La alta dirección de la FIFA confía plenamente en que los resultados de la reunión de hoy ayudarán a restaurar la confianza en la organización”, escribieron. Diecinueve palabras que, más que calmar, exhiben el abismo entre el discurso interno y la percepción exterior.
En ese texto se reconoce que “se cometieron errores”. Una admisión mínima, rodeada de un optimismo difícil de sostener. La frase que se acerca más a una disculpa es casi un ejercicio de contorsionismo: “Se acordó que no era la intención que el Consejo de la FIFA y las asociaciones miembro se sintieran excluidos del proceso”. Si no era la intención, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué se les excluyó?
Infantino promete que no habrá repetición de este tipo de maniobras y que se llevará a cabo una revisión interna del proceso. Pero será, previsiblemente, la propia estructura leal al presidente la que investigue, analice y redacte las conclusiones. Juez y parte en un asunto que ha puesto en jaque la credibilidad del organismo.
La FIFA, víctima de “ataques”
El giro más llamativo del relato oficial llega con otra frase del comunicado: “Se acordó que la FIFA no tolerará más ataques a su integridad, buen gobierno y debido proceso y tomará todas las medidas necesarias para proteger y salvaguardar su nombre y reputación”.
La organización se presenta como víctima. Cercada por ataques injustos. Herida en su honor. Un tono que recuerda a otros líderes políticos que se parapetan detrás del concepto de persecución para esquivar críticas legítimas.
El problema es que la reputación que ahora se intenta “salvaguardar” lleva años siendo erosionada por decisiones del propio régimen de Infantino: la anulación de sanciones a Cristiano Ronaldo y Folarin Balogun, la reinterpretación de normas para colocar a Inter Miami de Lionel Messi en el Mundial de Clubes, la permisividad con la prohibición de entrada a Estados Unidos del árbitro somalí Omar Artan, la cercanía con Donald Trump, la creación de un premio de la paz para un dirigente que posteriormente inició una guerra ilegal.
Cada episodio fue sumando capas de desconfianza. La FIFA se convirtió en sinónimo de codicia para buena parte del público. En Estados Unidos, aficionados corrientes señalaban directamente al organismo como responsable de los precios desorbitados de las entradas. No veían neutralidad, sino favoritismos hacia la administración Trump y decisiones que parecían pasar por la Casa Blanca antes que por Zúrich. No veían a un guardián del juego global, sino a una élite dispuesta a explotar el Mundial a espaldas del resto del planeta futbolístico.
Una credibilidad en ruinas
La paradoja es brutal: el ente que ha llevado al límite su propia imagen de imparcialidad ahora advierte que no aceptará más “ataques” a esa misma integridad. La sensibilidad que Infantino exhibe en sus publicaciones en redes sociales parece haberse contagiado a toda la estructura.
Pero la confianza no se decreta. No se recupera con una reunión a puerta cerrada en Rabat ni con una carta cuidadosamente redactada. No se impone con amenazas veladas a quienes señalan los problemas de gobernanza.
Si la FIFA quiere de verdad recomponer su reputación, no le bastan las palabras. Harían falta transparencia real y un relevo en el liderazgo. Nada de eso apareció en el último comunicado del mundo según Infantino. Y el fútbol, mientras tanto, sigue esperando algo más que otra promesa vacía.






