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La historia del USMNT en Qatar 2022

La noche antes del debut ante Gales, Gregg Berhalter hizo algo sencillo y brutalmente poderoso. Reunió a los 26 jugadores en un círculo y les dio un número. No era un dorsal. Era un lugar en la historia.

“Para mí fue el 152”, recuerda Walker Zimmerman. El defensa entendió entonces que no era solo el ‘3’ de esa selección: era el jugador número 152 que representaba a Estados Unidos en un Mundial masculino. Solo 151 hombres antes que él. Nada más.

Volvió a su habitación y allí estaba la camiseta, esperándole. De golpe, la dimensión real del momento. “Piensas: ‘¿152? ¿Solo eso?’ Luego lo llevas a tu posición, cuántos centrales, cuántos titulares… y te das cuenta de lo élite que es ese grupo”. No hacía falta decir mucho más. El peso del torneo ya estaba sobre sus hombros.

Una generación que creció junta

Para muchos, aquel círculo no era solo un acto simbólico. Era el cierre de un viaje compartido. Tyler Adams, Christian Pulisic y Weston McKennie habían pasado juntos por las selecciones juveniles, herederos directos del naufragio de 2018. Tim Weah, Josh Sargent y Sergiño Dest traían sus propios recuerdos de inferiores. Ya no eran solo compañeros: eran capítulos de la misma historia.

“Esos son los mejores recuerdos”, dice Adams. “Jugar de niño con Weston, crecer juntos para llegar hasta ahí. Incluso más que lo que vivimos ahora como profesionales”.

Qatar no dio tiempo a la nostalgia. El torneo comprimido, los horarios tardíos, la sensación de vivir en un laboratorio de alta tensión. Tim Ream lo resume en una frase: “Es tan rápido”. Partidos a las 22:00, cuerpos desajustados, desayunos al mediodía, entrenamientos por la tarde. Una burbuja dentro de otra burbuja.

Algunos buscaron frenar el vértigo como pudieron. Sargent se apoyó en su coach mental. Respirar hondo, agradecer, intentar grabar en la memoria cada instante. Aun así, el Mundial se les escurrió entre los dedos: tres partidos de grupo en ocho días, Gales, Inglaterra e Irán mezclados con sesiones de recuperación y noches eternas.

“Mirando atrás”, admite Haji Wright, “el Mundial fue como un delirio. Pasó volando”.

No todos vivieron la misma intensidad en el césped. Joe Scally fue uno de los cinco que no jugaron un solo minuto. Pero ni desde el banquillo se puede escapar a la fuerza gravitacional de una Copa del Mundo. “Un Mundial es un Mundial. No hay nada mejor en el deporte”, dice. Estaba dentro, pero se sentía a un paso del lugar donde todo ardía: el campo.

Los tres que marcaron

Hasta Qatar 2022, solo 22 estadounidenses habían marcado en un Mundial masculino. Tres más se unieron a ese club. Tres historias, tres goles, tres sensaciones radicalmente distintas.

El primero fue Tim Weah. Ante Gales, en el debut, atacó el espacio, recibió de Pulisic y definió cruzado. Gol. No solo para abrir el marcador, sino para anunciar el regreso de Estados Unidos al escenario grande. Weah llevaba años soñando con ese momento, repitiéndolo en su cabeza, imaginando celebraciones. Cuando ocurrió, lo superó todo.

“Llevaba años soñando con marcar en un Mundial”, dice. “Jugarlo ya era un sueño. Marcar… fue increíble”.

Después llegó el turno de Christian Pulisic. El partido decisivo del grupo, ante Irán, pedía un héroe. El 10 se lanzó literalmente al vacío. Empujó el balón a la red y chocó brutalmente con el portero Alireza Beiranvand. Gol, clasificación… y un viaje directo al hospital con una lesión en la pelvis.

No hubo carrera hacia la esquina, ni foto icónica, ni abrazo con todo el equipo. Hubo dolor, una celebración tumbado dentro de la portería y una videollamada desde la camilla al vestuario. “Hubiera sido un momento enorme”, reconoció en 2024. “Pero no lo cambiaría. Pasó así. Espero tener muchos otros momentos grandes. Lo que quiero es ganar torneos, eso es lo que la gente recordará”.

El gol de Haji Wright fue distinto. Un toque extraño, casi accidental, ante Países Bajos en octavos. Una caricia con la puntera que se convirtió en parábola imposible y dio vida al USMNT con el 2-1. Durante unos minutos, pareció que la historia podía girar. No lo hizo. Derrota 3-1 y eliminación.

Wright aún no sabe bien dónde colocar ese recuerdo. “Fue una locura”, admite. Sintió que el partido podía cambiar, que habría otra ocasión. No llegó. Al final, lo que permanece no es la imagen del balón entrando, sino el vacío posterior. “Ser goleador mundialista es increíble. Pero te eliminan en ese mismo partido. La mezcla de felicidad y tristeza… eso es lo que se me quedó grabado”.

El tiempo, y las redes sociales, han ido poniendo sus goles en contexto. Los tres hablan de ver reacciones en casa, vídeos, gritos, gente saltando en bares y salones. Weah lo explica sencillo: “Ver el impacto que tenemos, la representación que tenemos en nuestro país… eso fue increíble”.

El otro Mundial: el que no ve la televisión

Los goles se repiten en clips, en recopilatorios, en aniversarios. Lo que casi nunca se ve es lo que muchos jugadores guardan como tesoro: lo que pasó lejos de las cámaras.

DeAndre Yedlin, el único superviviente de Brasil 2014, lo entendió mejor que nadie. Sabía lo que era llegar joven y deslumbrado. En 2022, era el veterano. Tras cada partido, encabezaba un pequeño ritual: volver al campo, ya vacío, con varios compañeros. Solo para estar ahí. Para respirar. Para recordar que, al final, también son personas en medio de un espectáculo gigantesco.

“Parece que la adversidad se multiplica por diez porque siempre hay una cámara, una opinión”, decía en 2024. “Al final, estamos entreteniendo. Eso puede inspirar, dar esperanza, pero seguimos siendo figuras diminutas en algo enorme. Y a la vez, jugamos un papel gigante. Es difícil de comprender”.

Esa búsqueda de calma se repite en casi todos los relatos. Sargent intentó alejarse del teléfono y “estar en el momento con los chicos”. Ream habla de “visión de túnel”, de un foco tan intenso que borra detalles. Solo quedan destellos.

Qatar, por sí misma, dejó una marca distinta. Para muchos, fue su primer contacto con una cultura completamente nueva. El llamado a la oración resonando sobre Doha, los zocos antiguos junto a estadios relucientes, la ciudad latiendo al ritmo de partidos encadenados.

“Disfruté cada segundo”, dice Matt Turner. “Estar en una cultura que nunca había vivido, escuchar el llamado a la oración… me parecía algo pacífico. Éramos un grupo en tierra extraña, con una burbuja muy sólida que habíamos construido en la clasificación”.

Sergiño Dest se agarró a pequeños rituales. Subía a la azotea del hotel, se sentaba con una botella de agua y miraba la vida pasar. Banderas, gritos, gente pegada a las pantallas. “Pensaba: ‘Esto es’. Vivía el sueño. Abría la ventana de mi habitación y escuchaba el sonido de la vida. Eso es lo que más extraño”.

El corazón del equipo: una sala de juegos

El USMNT se alojó en The Pearl, en el hotel Marsa Malaz Kempinski. Sin viajes internos, sin mudanzas. Mismo lugar, mismas caras, mismas rutinas. Para Yunus Musah, el vínculo fue tan fuerte que regresó un año después solo para revivirlo. “Hasta el olor era el mismo”, contó en 2025. Cada rincón era un flashback.

En el centro de todo, una estancia: la Players’ Lounge. Mesa de billar, ping-pong, videojuegos, tele encendida con partidos a todas horas. Era refugio, sala de guerra y salón de casa a la vez.

Tyler Adams lo recuerda como un santuario. Desayunos tardíos, entrenos nocturnos, horas muertas juntos. “Gregg dio prioridad absoluta a la camaradería. Sentí que me acerqué aún más a compañeros con los que ya pasaba todo el tiempo. En esos días, solo haces una cosa: convivir”.

Y convivir, en ese grupo, significaba competir. Si no había partido en la tele, había torneo de ping-pong, de FIFA o de billar. Zimmerman se ríe al recordar el “estilo loco” de Sean Johnson y Yedlin con el taco: golpes suaves, juego táctico, casi snooker, buscando que el rival fallara. Son esos detalles los que se clavan.

Cristian Roldan, por su parte, decidió que su habitación sería casi decorado. “Quería estar siempre con los chicos en la lounge, no perder ni un momento. Entrenar, estar con ellos, ver a mi familia disfrutar. Eso era todo”.

Porque el Mundial no lo juegan solo los 26. Lo juega también la gente que los llevó hasta ahí.

La grada que importaba de verdad

Zimmerman no olvida un momento del debut ante Gales. Himno, banderas, protocolo FIFA… y él buscando con la mirada un lugar concreto del estadio: la zona de familias. Madres, padres, hermanos, parejas, hijos, amigos. Vidas enteras volcadas en esos 90 minutos.

“Las historias de todos nosotros están ligadas a esos que estaban allí”, explica. “Los sacrificios que hicieron para que estuviéramos en el campo. Ver sus caras de orgullo, poder agradecer en silencio… fue especial”.

Tim Ream recuerda las pocas horas en que podían bajar la guardia: cuando las familias visitaban el hotel entre partido y partido. “Eran los únicos momentos en los que podías sentarte, respirar y decir: ‘Voy a hacer una foto mental de esto’. Mi mujer, mis hijos, todos juntos en ese lugar. Eso se queda”.

Ese efecto contagió también a las propias familias entre sí. Padres que se conocían de vista pasaron a compartir comidas, nervios, celebraciones. “Nos unió más todavía”, dice Weah. “Conocer a las familias de todos, compartir nuestras vidas… eso no se olvida ni cuando estés viejo y canoso”.

Roldan vive ahora esa conexión con otra intensidad. Su hija tiene casi dos años. Pensar en un Mundial en casa, con ella en la grada, es gasolina pura. “Parte de mi motivación para alargar mi carrera es que me vea jugar. No solo estar en el banquillo. Que vea a su papá en el campo”.

Sebastian Berhalter lo vivió desde otra butaca: la del hijo del seleccionador. No era futbolista de esa lista, era un aficionado más. “Fue la única vez que me sentí ultra”, bromea. Saltó, sufrió, vibró como cualquiera en la grada, con un matiz: en el banquillo estaba su padre dirigiendo a su país en un Mundial. “Nunca lo voy a olvidar”.

La herida abierta de Gio Reyna

No todas las historias de 2022 son cálidas. La de Gio Reyna se convirtió en el capítulo más incómodo de la era reciente del USMNT. Llegó tocado físicamente, con expectativas enormes y un rol mucho menor del que imaginaba. La frustración desbordó los límites del vestuario.

Su participación mínima, las dudas sobre su actitud en los entrenamientos, y después del torneo, la explosión pública: la familia Reyna informando a U.S. Soccer de un episodio de violencia doméstica de décadas atrás protagonizado por Gregg Berhalter. El caso sacudió al programa entero. El Mundial, de repente, era el escenario de algo que iba mucho más allá del fútbol.

El tiempo ha obligado a todos a seguir adelante. Berhalter volvió al cargo en 2023 antes de ser reemplazado por Mauricio Pochettino. Reyna siguió formando parte de la selección. Hoy, con el Mundial llegando a casa, el mediapunta habla de Qatar como una lección. “Éramos muy jóvenes, quizá inexpertos, y nos topamos con una Holanda más hecha, más lista”, reconoce. Ha entendido que un Mundial no solo premia, también desnuda.

No es el único que llega a 2026 con cuentas pendientes. Algunos ni siquiera pisaron el césped. Otros ni volaron a Qatar.

Los que se quedaron fuera

Miles Robinson tenía billete casi asegurado. Pieza clave en la clasificación, apuntaba a titular en el centro de la zaga. En mayo de 2022, el tendón de Aquiles dijo basta. Mundial perdido. Cuando el balón rodó en Qatar, tenía dos caminos: apagar la tele o sumarse a la fiesta desde fuera. Eligió lo segundo.

“Estaba fuera viendo esa mierda”, contó entre risas. “De fiesta, animando a mis chicos. Quería sentir esa energía real, porque así soy yo”. Detrás de esa sonrisa había meses de aceptación y rehabilitación.

Chris Richards no tuvo tanto margen. Empezaba a asentarse con la absoluta cuando una lesión muscular con Crystal Palace le cerró la puerta a pocas semanas de la lista. Se quedó en Londres, rehaciendo su físico mientras veía a sus compañeros vivir el sueño. “Estaba feliz por ellos, pero para mí fue muy solitario”, admite. “No quería saber nada del fútbol. Sentía que me arrancaron un sueño justo antes”.

Mark McKenzie sufrió otro tipo de golpe: el del descarte técnico. Estaba sano, se veía preparado, pero su nombre no apareció entre los 26. “Me destrozó”, dice sin rodeos. “Es un puñetazo en el estómago. Pero también te pone la vida en perspectiva. Me di cuenta de que quizá había puesto tanto peso en eso que perdí un poco quién era y en qué debía mejorar”.

El fútbol no se detuvo. Berhalter dirigió hasta la Copa América 2024, donde se cerró su ciclo. Pochettino tomó el relevo y con él llega una nueva lista de 26 hombres para un torneo que puede cambiar la historia del deporte en el país.

Lo que cambió Qatar

Tyler Adams no entendió del todo lo que había pasado hasta volver a casa. Pasear por Nueva York dejó de ser un acto anónimo. “Nunca imaginé que me reconocerían en esa ciudad”, cuenta. De pronto, miradas, fotos, saludos. Todo eso mientras esperaba a su primer hijo. Vida personal y profesional chocando de frente.

Esa es la escala de lo que se viene. Qatar fue prólogo. 2026, con el Mundial en suelo estadounidense, es el libro principal. Ya no serán invitados, serán anfitriones. La presión cambia de forma. El fútbol en Estados Unidos sigue creciendo, pero no ha llegado a su techo. Este torneo puede empujarlo o exponerlo.

“Es una sensación increíble, pero también una responsabilidad”, avisa Weston McKennie. Habla de generaciones que ahora ven a sus ídolos no solo en la televisión, sino en redes sociales, en el móvil, a todas horas. “Ojalá la gente vea que hay un camino. No será igual que el mío o el de Christian o Chris Richards, pero la clave es creer en uno mismo y apostar siempre por uno mismo”.

En las próximas semanas, 26 jugadores volverán a escuchar su nombre en una lista mundialista. Algunos repetirán experiencia, otros debutarán. Habrá titulares indiscutibles, suplentes sin un solo minuto, héroes inesperados y silencios dolorosos. Todos, sin excepción, quedarán unidos para siempre. Así funciona un Mundial.

Los de 2022 ya saben lo que significa. Para algunos fue una etapa, para otros el punto de inflexión de sus vidas. Haji Wright lo define con crudeza: “Cuando se acaba, sientes que el fútbol te ha cambiado. Y luego pasas el resto del tiempo persiguiendo esa misma sensación. Es difícil encontrarla fuera de un Mundial. Parece que fue ayer. Y el siguiente ya está aquí”.

Matt Turner lo mira igual, pero con un matiz: “Tuve experiencias increíbles. Por eso necesito volver. Porque quiero sentir eso otra vez”.

La cuenta atrás ya no se mide en años. Se mide en listas, en convocatorias, en decisiones. Y en un vestuario lleno de hombres que saben que, cuando les toque, no estarán jugando solo por ellos mismos, ni siquiera solo por sus familias. Estarán jugando por un país que, por fin, quiere ver hasta dónde puede llegar con un balón en los pies.