Infantino en crisis: FIFA cancela venta tras rebelión histórica
Gianni Infantino empezó la semana como el presidente de FIFA que había convertido el último Mundial masculino en un negocio de 15.000 millones de dólares. La terminó forzado a dar marcha atrás en uno de los proyectos más ambiciosos —y más impopulares— de su mandato, aislado, cuestionado y con su liderazgo por primera vez bajo una amenaza real.
La presión, esta vez, sí hizo efecto.
Un giro de 180 grados en plena noche
Tarde en la noche del viernes, cuando el ruido político ya era ensordecedor, llegó el comunicado que nadie en Zúrich quería firmar hace apenas unos días. Infantino anunció que FIFA renunciaba a su plan de vender una participación minoritaria en una nueva empresa privada que gestionaría sus grandes competiciones y su negocio comercial.
“Tras escuchar atentamente todas las opiniones, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de una naturaleza que, independientemente del nivel de apoyo, ya no están en línea con el objetivo inicial”, dijo el presidente. “Nuestro propósito ha sido siempre —y siempre será— unir y mejorar. Como resultado, esta propuesta no seguirá adelante”.
Con esas frases, FIFA enterraba el proyecto de FIFA Forward Enterprises (FFE), la sociedad que debía encargarse de los Mundiales, los Mundiales de Clubes y el grueso del aparato comercial del organismo, y de la que se pretendía vender un 21 por ciento a inversores externos.
El giro fue tan brusco como revelador. Horas antes, el propio organismo había defendido el plan con otro comunicado, insistiendo en que “nadie está vendiendo el fútbol” y prometiendo un proceso “abierto y democrático”. Entre un texto y otro, el edificio político de Infantino se resquebrajó.
UEFA, Concacaf y AFC se plantan
El punto de ruptura llegó cuando las grandes confederaciones dejaron de murmurar en privado y pasaron a la ofensiva pública. UEFA fue la primera en disparar: sus 55 federaciones, al unísono, amenazaron con boicotear las competiciones de FIFA —incluidos los Mundiales— si el proyecto seguía adelante.
No era un farol retórico. Era una línea roja.
Concacaf se alineó con Europa. Después, la Confederación Asiática (AFC) se sumó con un mensaje de solidaridad explícita. Juntas, esas tres regiones representan a 137 de las 211 asociaciones miembro de FIFA. En un sistema donde el proyecto necesitaba mayoría simple de las federaciones y el visto bueno del Consejo de 37 miembros, el cálculo político cambió de inmediato.
De repente, Infantino dejó de ser el presidente incuestionado que caminaba hacia la reelección sin rival y pasó a ser un dirigente que podía perder una votación clave en su propia casa.
CONMEBOL, más cauta, no se sumó al frente del “no”, pero dejó una advertencia que también pesó: las decisiones financieras y comerciales “deben servir siempre a los intereses del fútbol y nunca anteponerse a su esencia”. El mensaje era claro: el negocio, sí; la privatización del corazón de FIFA, no.
Un plan de 4.200 millones… y un coste político incalculable
El proyecto de FFE no era menor. FIFA había anunciado el martes que quería crear esta nueva entidad privada para gestionar sus grandes eventos y vender un 21 por ciento a inversores externos. Entre ellos figuraba la firma de capital riesgo Thrive, de Joshua Kushner, que hasta el viernes por la noche no se había retirado de la operación.
El objetivo económico era enorme: 4.200 millones de dólares de entrada, que se canalizarían hacia las 211 federaciones a través de un nuevo programa de financiación, el FIFA Fast-Forward Programme (FFFP). Con esa inyección, el organismo presumía de poder elevar su financiación al desarrollo hasta más de 10.000 millones de dólares en los próximos cuatro años.
El diseño incluía una estructura de incentivos muy clara. Si la propuesta salía adelante, todas las asociaciones, incluso las que votaran en contra, recibirían 20 millones de dólares en el ciclo 2027-30 (22 millones en 2031-34 y 24 millones en 2035-38), independientemente de que finalmente se vendiera o no una participación en FFE.
Quienes apoyaran el plan, en cambio, verían duplicada la cifra inicial: 40 millones en 2027-30, con los pagos posteriores iguales al resto. El mensaje era evidente: votar “sí” suponía más dinero inmediato.
Ni ese diseño, ni la promesa de un río de fondos frescos, bastaron para aplacar el temor de que FIFA estuviera entregando una parte de su alma —y de su control— al capital privado.
La rebelión interna: dimisiones, acusaciones y un presidente acorralado
El terremoto no vino solo de fuera. Cuando las confederaciones ya habían mostrado los dientes, el fuego se desató dentro de la propia estructura de FIFA.
Primero cayó Carlos Cordeiro, asesor de Infantino, que presentó su dimisión con una carta demoledora. Definió el proyecto como “un mal acuerdo para las asociaciones miembro de FIFA, un mal acuerdo para el fútbol y un mal acuerdo para el futuro a largo plazo del juego”. No era un matiz técnico; era una desautorización frontal al corazón del plan.
Después habló Kevin Lamour, director de operaciones de FIFA, en declaraciones a The Associated Press. Aseguró que el personal había sido “engañado” por Infantino y confesó que dormiría mejor tras decir lo que pensaba, aunque le costara el puesto. Y lanzó una frase que retumbó en los despachos: “Es el proyecto de una sola persona. No solo no debe salir adelante… ha llegado el momento de que los líderes políticos del fútbol se hagan las preguntas correctas y tomen las decisiones correctas”.
Cuando tu propio director de operaciones describe así tu gran apuesta estratégica, el problema ya no es el proyecto. Es el liderazgo.
Un presidente que pierde el blindaje
El desenlace, con FIFA retirando la propuesta a través de un comunicado nocturno, dejó a Infantino en una posición muy distinta a la que ocupaba hace apenas unos meses. The Athletic informó de que, en las reuniones de UEFA y Concacaf del jueves, se llegó a cuestionar abiertamente su continuidad al frente del organismo.
Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, fue tajante al valorar el momento. “Mi impresión clara ahora mismo es que ha perdido una gran parte de la confianza”, declaró a VG. Recordó que Noruega no le apoyó en la última elección y subrayó un punto que sobrevuela toda esta crisis: “Si adoptas una actitud laxa con los principios de gobernanza y las reglas, pierdes la confianza muy rápido”.
Infantino, en el cargo desde febrero de 2016 tras suceder a Sepp Blatter, caminaba hacia las elecciones de marzo de 2027 con el escenario prácticamente despejado y varias federaciones ya habían enviado cartas de apoyo formal. Esa sensación de inevitabilidad se ha evaporado en cuestión de días.
Lo que empezó como una batalla de ideas sobre el modelo de negocio de FIFA terminó convertido en una lucha por la supervivencia política del presidente. Infantino eligió salvar el cargo y sacrificó el proyecto. Pero el precio puede ser una erosión de autoridad que ya se percibe en los pasillos.
2027 ya no será un trámite
El calendario marca una fecha clave: las nominaciones para la presidencia de FIFA deben presentarse antes de noviembre. Hasta hace nada, pocos imaginaban un desafío serio a Infantino. Hoy, esa posibilidad ya no suena remota, sino probable.
Los grandes bloques que se coordinaron para tumbar FFE han comprobado que, unidos, pueden frenar al presidente. Sus propios altos cargos han demostrado que están dispuestos a hablar cuando no comparten el rumbo. Y el mundo del fútbol ha visto a un dirigente que, por primera vez desde que llegó al poder, ha tenido que retroceder ante la presión.
La venta de una parte del negocio de FIFA no se hará. La pregunta ahora es si, cuando llegue 2027, alguien intentará vender una idea todavía más ambiciosa: una FIFA sin Gianni Infantino al mando.






