Julen Lopetegui y Assim Madibo: del hospital a la batalla en Qatar
La noche previa al partido que cierra el grupo para Qatar no se jugó en un estadio, sino en una habitación de hospital en Vancouver. Allí, Assim Madibo se sentó frente a Ismael Koné, el futbolista al que había lesionado de gravedad días antes. Una visita silenciosa, incómoda, necesaria.
Madibo había sido expulsado en la goleada 6-0 que Canadá infligió a Qatar la semana pasada, una acción fortuita que terminó con Koné, centrocampista de Sassuolo en la Serie A, con una pierna rota y al menos cinco meses fuera de los terrenos de juego. El qatarí se marchó del campo destrozado. No fue teatro: desde entonces, según contó su seleccionador Julen Lopetegui, no ha dejado de cargar con ese momento.
“Ha sido muy duro para él”, admitió el técnico este martes. No habló de táctica ni de rotaciones, sino de culpa, de humanidad. “Ahora mismo Madibo está en Vancouver visitando a Koné porque estaba muy, muy afectado por la lesión; nunca fue su intención. Fue un accidente clarísimo. Le deseamos todo lo mejor para que se recupere lo antes posible”.
La imagen resume la otra cara del Mundial: detrás de la adrenalina, hay carreras truncadas, jugadores que se quedan sin torneo y otros que se quedan sin dormir. Koné, una de las piezas más interesantes de Canadá, se perderá buena parte de la temporada en Italia. Qatar, por su parte, pierde a un titular y a un hombre emocionalmente golpeado.
Madibo está sancionado y no podrá estar este miércoles en Seattle ante Bosnia y Herzegovina. Tampoco Homam Ahmed, expulsado en el mismo desastre futbolístico frente a Canadá. Dos bajas por castigo, pero con historias muy distintas detrás de cada tarjeta roja.
El partido ante Bosnia y Herzegovina llega como una especie de examen final para Lopetegui en esta fase de grupos: sin margen, sin red y sin dos futbolistas importantes. Lo que no falta es ruido alrededor del equipo, pero el entrenador español ha querido detener el reloj un instante para subrayar algo que suele quedar sepultado bajo las estadísticas: la responsabilidad que sienten los jugadores cuando una acción suya, aunque sea accidental, arruina el torneo y medio año de carrera de un colega de profesión.
Irán, el #168 y un Mundial jugado entre la guerra y el reglamento
En el campo de entrenamiento iraní no ondean banderas de córner normales. Son negras y llevan un mensaje sencillo, frío, imposible de ignorar: “#168”. Es el número de muertos, la mayoría niños, en el ataque a una escuela primaria en Minab, en el sur de Irán, el 28 de febrero, el primer día de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. El ataque se atribuyó al ejército estadounidense. Días atrás, Donald Trump lo despachó con una frase que heló a medio planeta: “Nadie hizo eso a propósito. Se cometen errores. La guerra es cruel”.
La selección iraní ha decidido que ese número viaje con ellos. Lo llevaban en insignias en la solapa cuando aterrizaron en México tras su concentración en Turquía. Lo escribieron en una nota manuscrita en el vestuario del Los Angeles Stadium tras el empate del domingo ante Bélgica. Y ahora lo clavan en cada esquina del campo de entrenamiento.
El mensaje que dejaron en Los Ángeles fue casi una declaración de identidad nacional, firmada en silencio: “Desde la antigua Persia de hace miles de años hasta el Irán civilizado de hoy, el espíritu de Irán sigue vivo y firme. Vinimos a Los Ángeles con orgullo, competimos con honor y nos vamos con dignidad. Gracias, Los Ángeles, por vuestra hospitalidad. Y gracias a cada iraní que dio su corazón, su voz y su alma por Irán durante estos 180 minutos. Que la paz, el respeto y la amistad prevalezcan entre todas las naciones”. Y, de nuevo, el sello: “#168”.
El problema para Irán es que ese número no sólo es memoria; también es un desafío directo al reglamento. Las normas de la FIFA son claras: el equipamiento no puede mostrar lemas políticos, religiosos o personales. Cualquier mensaje de ese tipo puede acarrear sanciones. ¿Es #168 un homenaje, una protesta o ambas cosas? La respuesta, ahora mismo, está en manos de los comités disciplinarios.
El equipo de Amir Ghalenoei ha tenido que vivir el Mundial con un nivel de fricción logística que el propio seleccionador ha definido como el de “la selección más oprimida” del torneo. Antes de sus duelos ante Nueva Zelanda y Bélgica, sólo se les permitió llegar a Los Ángeles 24 horas antes de cada partido. Para el choque ante Egipto en Seattle, han obtenido un permiso especial: aterrizarán desde Tijuana el miércoles a las 11.30 hora local, apenas dos días antes del encuentro.
No es un partido cualquiera. Es el duelo designado como Pride Match del Mundial, encajado en pleno fin de semana del orgullo en Seattle. Ni Irán ni Egipto están cómodos con el paquete de celebraciones que lo rodea y ambos han elevado quejas formales a la FIFA. Sobre el césped se jugará un pase y un prestigio deportivo. Fuera de él, se cruzarán símbolos que chocan de frente: banderas arcoíris, banderas negras con un número y un reglamento que intenta contenerlo todo.
En medio de ese escenario, el vestuario iraní también se reserva espacio para celebrar su propia historia futbolística. En la sesión del martes, el ex extremo del Brighton, Alireza Jahanbakhsh, recibió una camiseta conmemorativa por sus 100 partidos con la selección, alcanzados precisamente ante Bélgica. Un centenario en mitad de un Mundial que se juega con la guerra en la mochila, la política en las esquinas y la FIFA tomando nota de cada detalle.
El organismo ya ha sido contactado para pronunciarse sobre el uso de las banderas con “#168” en los entrenamientos. Su respuesta marcará una línea roja: hasta dónde puede llegar una selección cuando decide que su Mundial no sólo va de goles, sino de recordar al mundo qué ocurre lejos de los focos.
Entre la visita de Madibo a un hospital en Vancouver y las banderas negras de Irán en Tijuana, el torneo deja una certeza incómoda: por más que se intente aislar el juego, el fútbol siempre acaba reflejando el mundo que lo rodea. Y la pregunta, para lo que queda de campeonato, es inevitable: ¿quién va a ponerle límites a eso, y a qué precio?





