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El Madrid de Mourinho gana en el descuento

El estreno liguero de José Mourinho con el Real Madrid arrancó con un guion perfecto y terminó con su sello más reconocible: sufrimiento, tensión y un golpe final en el descuento. En el RCDE Stadium, Espanyol rozó un punto heroico, pero acabó arrodillado ante un equipo todavía por ensamblar, sostenido por su pegada y por la vieja costumbre de decidir en el último suspiro.

Bellingham marca el camino

El partido ni siquiera había terminado de asentarse cuando Jude Bellingham ya mandaba. Minuto 9. Falta lateral ejecutada con seda por Arda Güler y el inglés se elevó por encima de todos para cabecear a la red. Un gesto de autoridad, de jugador franquicia, que silenció el estadio y dio la sensación de que la tarde podía convertirse en un trámite para los blancos.

Durante varios minutos, el Madrid olió sangre. La presión alta ahogó a Espanyol, que perdía balones en zonas prohibidas y apenas lograba cruzar la divisoria con claridad. Sin embargo, en medio del asedio, llegó el primer aviso serio de los locales: Clemens Riedel armó un latigazo brutal desde unos 30 metros que obligó a Thibaut Courtois a una estirada de reflejos, de portero grande, para evitar el empate.

Ese disparo cambió el aire del encuentro. Espanyol se asentó, empezó a ganar duelos y a respirar en campo rival. Una breve pausa para atender un corte sobre el ojo de Dean Huijsen enfrió aún más al Madrid y dio oxígeno al conjunto local, que dejó de parecer intimidado y empezó a creer.

Espanyol responde y pone contra las cuerdas al campeón

La fe de los catalanes tuvo premio en el minuto 30. Javi Hernández inventó una jugada de las que rompen partidos: encaró, se coló hasta la línea de fondo a base de regates y, ya dentro del área, levantó la cabeza para poner un pase atrás perfecto. Alex Calatrava llegó desde segunda línea y definió con calma, cruzado, para firmar el 1-1.

El gol dejó aturdido al Madrid. El equipo de Mourinho perdió el hilo, se desordenó con balón y concedió espacios que Espanyol explotó con valentía. Justo antes del descanso, el RCDE Stadium contuvo la respiración: Roberto Fernández apareció solo en el área y, con todo a favor, cabeceó mal ante una portería prácticamente vacía. El balón se marchó desviado y el Madrid se fue al vestuario agradeciendo el empate.

Mbappé se topa con Dmitrovic

Tras el descanso, todas las miradas se posaron en Kylian Mbappé. Era su debut liguero a las órdenes de Mourinho, pero la tarde no estaba para estrenos plácidos. Cada vez que el francés aceleró, se encontró con un muro llamado Marko Dmitrovic.

El guardameta serbio firmó dos intervenciones decisivas. Primero, con una parada de puro instinto, sacando una pierna salvadora ante Mbappé cuando este ya buscaba el gol. Después, blocando abajo un disparo raso que amenazaba con colarse pegado al poste. El duelo entre estrella y portero empezó a teñirse de frustración para el delantero.

El Madrid empujaba, pero sin claridad. Atacaba más por insistencia que por fluidez. Espanyol, ordenado, resistía y esperaba su momento para golpear a la contra. La sensación era de partido abierto, tenso, de esos que se deciden por un detalle.

Mourinho mueve el banquillo y sube la temperatura

Con el reloj avanzando y el empate enquistado, Mourinho miró al banquillo. Ahí apareció Yan Diomande, fichaje récord, al que el técnico entregó su debut como solución de urgencia. El impacto fue inmediato: más ritmo, más zancada, más incomodidad para la zaga local.

En una de las primeras acciones tras su entrada, un centro desviado acabó en los pies de Federico Valverde. El uruguayo no se lo pensó: latigazo seco, violento, que se estrelló en la parte exterior del poste. Dmitrovic ya estaba batido. El estadio entendió el mensaje: el Madrid no pensaba conformarse con el empate.

El asedio se intensificó. Bellingham volvió a aparecer como faro ofensivo. Esta vez, su cabezazo, tras un córner de Güler, se topó con el larguero. El sonido metálico del balón golpeando la madera fue casi un grito: el gol se resistía, pero el partido se jugaba ya a centímetros del área de Espanyol.

Mientras tanto, Mbappé vivía una tarde incómoda. Diez minutos antes del final, una media volea suya, mal conectada, se perdió mansamente hacia la zona del banderín de córner. Un gesto que resumía el bloqueo ofensivo del francés y, por momentos, del propio Madrid.

Espi irrumpe en el descuento y mantiene la racha

El tiempo se agotaba y el empate empezaba a saber a premio para Espanyol. El público ya se abrazaba a la idea de un punto de prestigio ante un gigante todavía en construcción. Pero el Madrid, con Mourinho al mando, rara vez baja el telón sin un último giro de guion.

Minuto 91. Otra acción dentro del área, otra vez Mbappé rodeado de camisetas blanquiazules, sin espacio para girarse. El balón quedó suelto tras el barullo y ahí apareció Espi, el suplente llamado a cambiar la noche. Controló como pudo y, sin contemplaciones, reventó la pelota hacia la portería. Gol. El silencio inicial dio paso a la celebración desatada del banquillo blanco.

Ese tanto agónico selló una victoria que vale algo más que tres puntos. Con el 1-2, el Real Madrid encadena ya 18 temporadas seguidas sin perder en su debut de La Liga, una estadística que habla de costumbre, de cultura competitiva, de un club que casi ha convertido el inicio de campeonato en un ritual sin tropiezos.

Para Mourinho, el triunfo mantiene intacta otra marca personal: siete victorias consecutivas en sus estrenos como entrenador. La actuación dejó claro que aún falta trabajo para integrar a las nuevas piezas y ajustar automatismos, pero el técnico portugués ha recuperado de inmediato algo que nunca perdió del todo: la capacidad de ganar cuando el reloj ya amenaza con apagarse. Y en una temporada larga, a menudo, esa es la diferencia entre competir… y dominar.