jornadadeportiva full logo

Mohamed Salah se despide de Anfield: Un legado imborrable

Anfield se prepara para despedir a su rey. El domingo, ante Brentford, será el último baile de Mohamed Salah en Merseyside, el cierre de un ciclo de nueve años que cambió para siempre la historia reciente de Liverpool.

Tercer máximo goleador del club con 257 tantos, el egipcio no solo llenó redes; redefinió lo que significaba ser la referencia ofensiva de un gigante europeo. Desde que aterrizó en 2017, su figura quedó cosida a la era más exitosa del Liverpool moderno: una Champions League en 2019, dos títulos de Premier League, finales europeas, noches épicas. Y una presencia casi constante. Siempre ahí. Siempre decisivo.

Un “once” para la eternidad

Quien lo ha sufrido cada día en los entrenamientos y lo ha disfrutado en los partidos entiende mejor que nadie la dimensión de Salah.

Virgil van Dijk, que ha compartido vestuario y gloria con él, no duda al describirlo: un futbolista “increíble”, “especial”, “único en la vida”. Habla de goles, de asistencias, de aquella sociedad inolvidable con Sadio Mané y Roberto Firmino, de su ética de trabajo. Para el capitán, Salah ha sido un líder silencioso, de esos que mandan con el ejemplo más que con las palabras, y una pieza gigantesca en cada éxito reciente del club.

Alisson Becker, guardián de la portería, lo eleva directamente al olimpo de Anfield. Lo sitúa “entre los más importantes de la historia del club”, subrayando no solo los récords de goles y asistencias, sino el sacrificio invisible: las horas en el gimnasio, el cuidado obsesivo del cuerpo, la disciplina fuera del campo. Para el brasileño, Salah deja algo más que números: deja un estándar. Un modelo que, dice, se puede señalar a los hijos para explicar qué significa querer ser el mejor… y trabajar como tal.

Thiago Alcántara llegó con experiencia en Barcelona y Bayern, acostumbrado a compartir vestuario con gigantes. Y, sin embargo, se encontró con un compañero de su misma generación del que también aprendió. Le impresionó el profesional, pero sobre todo la persona. Habla de un ser humano “increíble”, de un competidor que contagia hambre cada día. Para el centrocampista, Salah figura ya entre los mejores compañeros que ha tenido en su carrera.

Roberto Firmino, socio de mil batallas en aquel tridente que marcó una época, se queda con el hombre detrás del goleador: un tipo querido por todos, admirado, inspirador. Recuerda cómo, durante su etapa en Liverpool, Salah fue construyendo una historia y un legado… y remata con una confesión sencilla y poderosa: se siente agradecido por el privilegio de haber jugado a su lado.

Jordan Henderson, otro excapitán, traza la línea que separa a los buenos de los verdaderamente grandes. Salah quería ser el mejor, quería batir todos los récords, pero siempre con la victoria del equipo como prioridad. Para Henderson, ahí está la diferencia: no solo el mejor jugador, también “el mejor ser humano”. Un doble nivel al que muy pocos llegan.

Trent Alexander-Arnold aporta otra pieza del retrato: la obsesión. Habla de una “determinación implacable” por ser el mejor cada día, en cada sesión. Nunca satisfecho, siempre persiguiendo el siguiente récord, el siguiente objetivo. Incluso cuando parecía haberlo ganado todo, Salah encontraba algo más que perseguir.

Grandeza reconocida por sus pares

Jürgen Klopp, el entrenador que construyó a su alrededor uno de los equipos más temibles de Europa, lo define sin rodeos: “vimos grandeza”. Lo llama “all-time great”, un grande de todos los tiempos. Pero va más allá del césped. Klopp subraya su papel como embajador para el mundo árabe en un contexto global complicado, como un símbolo de unión y de pasión compartida por el fútbol. Y concluye con un sentimiento muy personal: no podría estar más orgulloso de él.

Daniel Sturridge, que convivió con el primer Salah de rojo, destaca una cualidad esencial en los grandes atacantes: la obsesión por ayudar al equipo con números. Goles, asistencias, impacto. Considera que el egipcio superó todas las expectativas que se podían tener cuando llegó. Tal vez solo Salah creyó desde el principio que alcanzaría esta dimensión. El resto, dice Sturridge, fue fruto de su actitud, su hambre y su dedicación.

Luis Díaz, uno de los herederos de esa banda izquierda que tantas veces vio a Salah romper hacia dentro desde la derecha, se queda con las pequeñas cosas: compartir títulos, ver su alegría, comprobar de cerca cómo siempre quería ser mejor jugador y mejor persona. Habla de una “marca profunda” que el egipcio ha dejado en él.

Andy Robertson, socio incansable en la otra banda, lo expresa con la franqueza del que ha estado ahí desde el principio. Dice que ha sido un privilegio verlo convertirse “en el mejor en lo que hace” y en “uno de los mejores en vestir la camiseta del Liverpool”. Alaba una mentalidad “sin igual”, una autoexigencia diaria que empujaba también a los demás. Y remata con un deseo: que tenga una despedida a la altura de su estatus en el club. Para el escocés, Salah es, sencillamente, “el más grande”.

Joe Gomez habla de “uno de los más grandes en vestir la camiseta”. Recuerda las incontables horas viendo su grandeza de primera mano, en entrenamientos y partidos. Su mentalidad y ética de trabajo, dice, han quedado selladas para siempre en las estadísticas. Pero también agradece algo más íntimo: la amistad construida a lo largo de los años.

Entre los gigantes de la Premier

Las leyendas del gol en Liverpool también se rinden ante él. Robbie Fowler, icono de los 90, lo califica de “asombroso”. Sus cifras, sus partidos, su regularidad, su impacto. Lo coloca entre los grandes del club en la era Premier League… y entre los grandes de la propia Premier League. No solo lo echarán de menos en Anfield, avisa Fowler; también los aficionados neutrales del campeonato.

Ian Rush, máximo goleador histórico del club, va directo al punto: Salah no es solo un goleador. Destaca su inteligencia, su “cerebro futbolístico”. Recuerda esas carreras por la banda, esa sensación de inevitabilidad cuando encaraba. Y lanza un veredicto claro: todos los hinchas del Liverpool lo aman y estarán tristes al verlo marchar.

James Milner, otro de los capitanes silenciosos de aquella era, lo define como un líder de un tipo muy particular. No necesitaba levantar la voz: imponía estándares. En el entrenamiento, en el gimnasio, fuera del campo. Para los jóvenes y los recién llegados, Salah era el espejo perfecto: “esto es ser un jugador top, esto es ser jugador del Liverpool”.

Steven Gerrard, el gran mito moderno del club, lo sitúa en una mesa reservada para muy pocos. Recuerda su propia época, cuando se sentía capaz de competir con cualquiera, pero sabía que existía un grupo de “freaks” del fútbol en otro nivel: Ronaldinho, Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Zinedine Zidane, Xavi, Andrés Iniesta. Y ahí, dice Gerrard, está Salah. En ese nivel. Sin discusión.

Una obsesión llamada Salah

La lista de testimonios sigue y todos apuntan en la misma dirección: una carrera sostenida por una obsesión casi inhumana por el detalle.

Arne Slot, que solo ha trabajado con él en el tramo final, necesitó un día para entender que nada en la década de Salah al máximo nivel fue casualidad. Le impresionó su hambre cada tres días, su profesionalidad, su compromiso con el club y el equipo. Incluso esos gestos tan reconocibles: el enfado cuando lo sustituyen a tres minutos del final porque aún cree que puede marcar uno más. Para el técnico neerlandés, eso es lo que lo ha mantenido en la cima durante diez años.

Milos Kerkez, joven lateral que lo ha visto de cerca, se queda con la parte menos visible: la dieta, el gimnasio, la concentración permanente en hacer todo lo posible para rendir al máximo. Lo define como algo “increíble”, un nivel de profesionalismo que no ha visto en nadie más y del que ha intentado aprender.

Pepijn Lijnders, mano derecha de Klopp durante años, va aún más lejos: nunca conoció a nadie, ni como jugador ni como persona, más comprometido con la vida de futbolista profesional.

Alex Oxlade-Chamberlain lo resume con una palabra que se repite: obsesión. Confiesa que nunca ha visto a nadie vivir el fútbol como Salah, “cada hora del día”. Hasta el punto de pensar que él mismo no podría sostener ese ritmo. Y concluye que el egipcio merece todo lo que ha conseguido precisamente por eso.

Harvey Elliott aporta la perspectiva del chico que crece a la sombra de un gigante. Recuerda cómo Salah lo guiaba en los primeros pasos: qué hacer, cómo hacerlo, qué pedía el entrenador. Con el tiempo, esa relación de mentor se convirtió en amistad. Y Elliott no duda en reconocer que el camino que ha seguido hasta hoy está, en parte, trazado por los consejos y el ejemplo de Salah.

Fernando Torres, otro nueve venerado en Anfield, se declara abiertamente admirador. Para él, Salah ha sido uno de los mejores jugadores de la última década, su “jugador favorito”, y lo coloca sin matices entre los mejores del mundo en estos últimos diez años.

El domingo, cuando Salah pise el césped de Anfield con el número 11 a la espalda por última vez, no será solo un partido contra Brentford. Será un acto de reconocimiento colectivo a un futbolista que se ha ganado un lugar junto a los nombres más grandes del club.

Las pancartas, los cánticos, los aplausos prolongados… todo eso intentará decir lo que las palabras apenas alcanzan: que en estos nueve años Liverpool no solo tuvo un goleador descomunal, tuvo a un fenómeno que elevó el listón de lo que significa ser leyenda en Anfield.

La pregunta, a partir de ahora, no es qué deja Salah en Liverpool. Eso está claro. La verdadera incógnita es quién se atreverá a ocupar el vacío que deja un jugador que convirtió la grandeza en rutina.