Roberto De Zerbi y la reconstrucción del Tottenham Hotspur
Roberto De Zerbi puede acabar gastando cerca de 400 millones de libras en su reconstrucción del Tottenham Hotspur. Pero bastó el primer partido de la nueva Premier League para recordarle una verdad incómoda: no hay chequera capaz de comprar carácter cuando el equipo se encoge.
El italiano ya sabía a lo que se enfrentaba. Cuando llegó en marzo, con solo siete partidos para salvar a Spurs del abismo, admitió que su papel era más de psicólogo que de entrenador. Cumplió el objetivo en el último suspiro, con una victoria agónica ante Everton en la última jornada. La recompensa fue clara: un presupuesto gigantesco y libertad para remodelar la plantilla casi a su antojo.
La idea era sencilla: que no se repitiera la pesadilla de las dos últimas temporadas, ambas terminadas en el puesto 17. El estreno de este “nuevo proyecto” en el Gtech Community Stadium mostró algo muy distinto. Un golpe de realidad. Y duro.
Un estreno que se hunde en 49 minutos
El día arrancó con ilusión. En un rincón del estadio, la afición de Spurs hacía ruido, enseñaba bufandas, celebraba nombres nuevos y precios millonarios. Parecía el arranque de una era distinta. Terminó con esos mismos aficionados marchándose en masa, muchos de ellos en el minuto 49, justo después del 3-0 de Michael Kayode, dejando a los jugadores aplaudiendo filas de asientos vacíos.
Antes de eso, ya se había visto el guion de siempre. Desde el primer minuto, el “nuevo” Tottenham se pareció inquietantemente al viejo: nervioso, frágil, incapaz de sostener el tipo cuando Brentford subió la intensidad. El equipo de Thomas Frank olió sangre muy pronto y no dejó de morder.
Pudo ser aún peor. Igor Thiago falló un penalti, estrellando el balón en el poste, un pequeño consuelo en un día que no lo fue para nadie vestido de blanco. Ni siquiera para un espectador ilustre: Jon Bon Jovi, presente en la grada, que se llevó material suficiente para varios discos de baladas tristes viendo cómo Spurs se descomponía al sol del oeste de Londres.
Fichajes caros, impacto mínimo
De Zerbi tiró de cartera y de alineación. Cuatro debutantes en el once: Andrew Robertson, Marcos Senesi, Jan Paul van Hecke y Sandro Tonali. Todos llegaron con etiqueta de solución. Todos salieron del Gtech con la sensación de haber tocado fondo. Ninguno destacó. Aunque, en justicia, casi nadie lo hizo en Spurs.
El caso más llamativo fue el de Tonali. Costó 100 millones de libras procedente de Newcastle United, pero fue borrado del partido por Mamadou Sangare, el fichaje récord de Brentford y el mejor jugador sobre el césped. El italiano dejó como única acción memorable un disparo en la primera parte que se fue altísimo, suficiente para que la grada local cantara lo evidente: Tottenham había pagado mucho y recibido muy poco.
Matheus Fernades, 85 millones desde West Ham United, entró desde el banquillo. Savinho y posiblemente Omar Marmoush están por llegar para reforzar aún más la plantilla. El problema no está ahí. Lo que faltó en Londres no fueron piernas ni talento. Faltaron corazón, orgullo y voluntad de pelear cada duelo.
De Zerbi lo reconoció en declaraciones a BBC Sport: “Mal partido. Perdimos y sufrimos la diferencia en los duelos. Fue la clave del partido. No luchamos de la manera adecuada. Quizá mérito de ellos porque es la mejor cualidad que tiene Brentford”.
Superados en todo
Brentford olió el miedo muy pronto. Pudo adelantarse antes del minuto 12, pero fue entonces cuando Keane Lewis-Potter abrió el marcador. A partir de ahí, el partido se inclinó sin resistencia. Vitaly Janelt hizo el 2-0 antes del descanso y el 3-0 de Kayode, nada más arrancar la segunda parte, dejó el choque sentenciado y el estadio medio vacío en la zona visitante.
En la banda, De Zerbi no paraba de gesticular, de protestar, de intentar despertar a un equipo que se hundía a cámara rápida. No hubo reacción. Cabezas gachas, duelos perdidos, entradas a destiempo, una sensación permanente de desesperación. Ni rastro de la convicción de que podían darle la vuelta al resultado.
Conor Gallagher y Lucas Bergvall no salieron tras el descanso. No habrían sido los únicos candidatos al cambio. El problema no estaba en dos nombres, sino en un bloque que se derrumbaba en cada choque físico y en cada balón dividido.
De Zerbi apuntó a la preparación física: “Nuestra condición física no estaba al nivel adecuado para todos los jugadores porque muchos llegaron tarde después del Mundial y hay muchos nuevos en la plantilla y en el once inicial. Pero tenemos que analizar mejor este partido porque no podemos jugar así en este tipo de encuentros”.
El técnico insistió: “Estoy sorprendido por el resultado y por el rendimiento. Sabía que no estábamos en la condición adecuada. No podemos buscar excusas. Lo siento por el resultado y la actuación. Estamos empezando un nuevo proyecto y no encontramos el principio”.
Más que fichar, cambiar la cabeza
El italiano subrayó que Marcos Senesi, Jan Paul van Hecke y Sandro Tonali no están todavía en su mejor forma. Lo sabían antes del partido. Hay margen para mejorar organización, presión, automatismos. Eso se entrena. Lo que no se compra tan fácil es la dureza mental que exhibió Brentford.
“Brentford tuvo un espíritu magnífico sobre el césped, tiene que ser el ejemplo para nosotros”, admitió De Zerbi. Y remató con un mensaje claro: no quiere que nadie se escude en que el once inicial no tiene nivel para competir.
Más fichajes pueden llegar. Más millones pueden salir de las arcas del club. El problema, sin embargo, parece anclado en algo más profundo. Dos temporadas encadenando derrotas han instalado un hábito peligroso: la resignación. Y ese hábito ya se ha llevado por delante a Ange Postecoglou —que al menos dejó una Europa League en las vitrinas—, a Thomas Frank y al efímero Igor Tudor.
Lo visto en el Gtech no pareció un tropiezo aislado de inicio de curso, de esos que sufren equipos con aspiraciones altas. Pareció la continuación de un patrón. Derrota, abatimiento, sensación de déjà vu.
De Zerbi tiene dinero, poder de decisión y respaldo para remodelar la plantilla. Lo que no puede hacer es cambiar de vestuario cada semana. Si quiere que este proyecto no se hunda como los anteriores, tendrá que ganar el partido más difícil: el que se juega en la cabeza de sus propios futbolistas. Porque ya no se trata de cambiar jugadores.
Se trata de cambiar una cultura que ha convertido noches como esta en algo demasiado normal.





