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Andrea Pirlo descartado como seleccionador de Italia por su vínculo con apuestas rusas

Andrea Pirlo ya no será el próximo seleccionador de Italia. No por una cuestión táctica ni deportiva. Por política. Por geopolítica, en realidad.

El excentrocampista de la Azzurra confirmó en sus redes sociales que ha quedado descartado para el banquillo de la selección, en gran medida por su contrato de patrocinio con la casa de apuestas rusa Fonbet, un acuerdo que ha incendiado el debate en Italia en pleno contexto de guerra en Ucrania.

“Anoche supe que ya no soy el candidato para el puesto de seleccionador de Italia”, escribió Pirlo en Instagram el lunes, poniendo fin de golpe a una candidatura que había ido ganando fuerza en las últimas semanas.

El conflicto no nace en los despachos de la FIGC, sino en el Parlamento. Varios políticos italianos habían cuestionado con dureza que el seleccionador nacional pudiera ser embajador de una empresa rusa, en un momento en el que el Gobierno italiano respalda de forma explícita a Ucrania frente a la invasión de Rusia.

Pirlo, que entrena actualmente al Dubai United, se había defendido con firmeza. Había explicado que su acuerdo con Fonbet estaba ligado a su trabajo en Emiratos Árabes Unidos y que se trataba de “fines exclusivamente comerciales y deportivos”. Y había ido más allá: “Atribuir un significado político a esa colaboración significa atribuirme convicciones que nunca he expresado y que no me pertenecen”, sostuvo.

El respaldo de Paolo Maldini no bastó

Dentro de la federación, Pirlo no estaba solo. Contaba con un apoyo de peso: Paolo Maldini, recién nombrado director técnico de la FIGC. El exdefensa veía en Pirlo una apuesta de futuro, un nombre capaz de liderar una reconstrucción profunda tras años de tropiezos.

Pero la tormenta política creció demasiado rápido.

Pina Picierno, vicepresidenta del Parlamento Europeo, disparó contra la posible elección del exjugador de Milan y Juventus. “Tras otra derrota y otro Mundial perdido, el fútbol italiano necesitaba desesperadamente una revolución cultural, ética y de gestión. La elección de Andrea Pirlo va exactamente en la dirección opuesta”, escribió en sus redes sociales.

El mensaje caló. Y abrió la puerta a una cascada de críticas.

Ignazio La Russa, presidente del Senado y figura destacada del partido de la primera ministra Giorgia Meloni, tampoco escondió sus reservas. En declaraciones a la agencia Ansa, dejó una frase que resonó con fuerza: “Hablo solo porque me habéis llamado: que Dios nos ayude. Por supuesto que soy tifoso de Italia y Pirlo fue un gran campeón, pero como entrenador es un salto en la oscuridad”.

Carlo Calenda, líder del partido Azione, fue aún más tajante. “Cualquiera que esté o haya estado promoviendo a Rusia después de 2022 no debería ocupar un cargo nacional”, sentenció, un dardo directo al corazón de la candidatura de Pirlo.

Un banquillo marcado por el vacío y la presión

La FIGC había recurrido a Pirlo tras una búsqueda tan ambiciosa como frustrante. Antes de él, la federación había intentado convencer a Pep Guardiola y Carlo Ancelotti para tomar las riendas de la selección, sin éxito. Dos gigantes del banquillo que, previsiblemente, nunca estuvieron realmente al alcance.

Con Gennaro Gattuso fuera del cargo desde abril —salida por mutuo acuerdo tras el tercer fracaso consecutivo en la clasificación para un Mundial—, la federación necesitaba un nombre, una idea, un nuevo relato para una selección que se ha ido desdibujando a golpe de eliminación.

Pirlo estaba dispuesto a dar el paso. Había preparado su salida del Dubai United para asumir el reto de su vida. El ruido político, sin embargo, ha pesado más que cualquier proyecto deportivo.

Viejos conocidos vuelven a escena

Con Pirlo ya fuera del tablero, el debate en Italia vuelve al punto de partida. Los nombres que resurgen no son nuevos, sino viejos conocidos: Roberto Mancini y Antonio Conte vuelven a colocarse en el centro de la conversación.

Mancini, el técnico que llevó a Italia a ganar la Eurocopa antes de una abrupta salida, y Conte, símbolo de intensidad y disciplina, encarnan dos caminos distintos para una selección que lleva años buscando una identidad estable.

La federación deberá decidir entre mirar hacia atrás para recuperar a quienes ya conocen el banquillo azzurro o arriesgar de nuevo con un perfil diferente, esta vez sin sombras políticas de por medio. Porque, después de perder tres Mundiales seguidos, Italia ya no puede permitirse un nuevo salto en la oscuridad.