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Argentina remonta a Egipto y avanza a cuartos

Durante más de una hora, el mundo vio a una Argentina desconocida. Lenta, espesa, dos goles abajo ante Egipto y con Lionel Messi fallando un penalti. Parecía el prólogo de una catástrofe histórica. En trece minutos, el guion ardió.

Egipto se adelantó con personalidad. Yasser abrió el marcador, Zico amplió la ventaja y el campeón del mundo se tambaleó. La Albiceleste no encontraba líneas de pase, no imponía ritmo, no intimidaba. Cada contra egipcia llevaba veneno. Cada pérdida argentina sonaba a aviso.

El momento más duro llegó con el penalti. Messi frente al portero, silencio denso, la historia esperando otro capítulo dorado. Y el balón no entra. La imagen del capitán llevándose las manos al rostro parecía el símbolo de una noche torcida.

El capitán despierta a un campeón dormido

Con 0-2 y el reloj devorando minutos, Argentina necesitaba algo más que fútbol: necesitaba un líder. Ahí apareció Messi. No desde la comodidad del genio intocable, sino desde la rebeldía del que se niega a quedar marcado por un error.

La reacción se encendió con una jugada que cambió el aire del estadio. El capitán se metió entre líneas, filtró un balón preciso y encontró a Romero, que firmó el 2-1. De repente, Argentina volvió a parecer Argentina. La presión se hizo más alta, las camisetas celestes se multiplicaron alrededor del área egipcia. El miedo cambió de lado.

El empate llegó con la firma inevitable. Messi, otra vez. Esta vez no desde el punto de penalti, sino desde la jugada viva, donde siempre se ha sentido más libre. Gol para el 2-2, gol número 21 del diez en Copas del Mundo. Gol de capitán herido. El estadio estalló, y con él un equipo que ya no quería prórroga ni dudas.

Egipto, que había controlado el partido con frialdad admirable, se vio de pronto acorralado. Cada ataque argentino olía a sentencia. La selección africana empezó a mirar más al reloj que al arco rival. Mala señal cuando enfrente tienes a un campeón que huele la sangre.

Lautaro, Fernández y un final de locura

El cierre del partido fue una avalancha. Argentina atacaba por dentro, por fuera, a balón parado, como fuera. Egipto ya no salía limpio, ya no encontraba pases claros, ya no respiraba.

La jugada definitiva nació desde la banda. Lautaro Martínez, que había peleado todo el encuentro, encontró el espacio justo para poner un centro envenenado en el minuto 92. Allí apareció Fernández, a la hora exacta, en el lugar preciso, para empujar el 3-2 que completaba la remontada.

Del 0-2 al 3-2 en trece minutos. Un campeón al borde del abismo que se rehace a golpe de orgullo, talento y carácter. Un capitán que pasa de villano momentáneo a héroe absoluto con un gol y una asistencia. Y un país que pasa del silencio incrédulo al grito desatado.

Messi terminó el partido entre lágrimas y ovación. No era un triunfo cualquiera. Era la clase de noche que alimenta la leyenda, que se queda pegada a la memoria colectiva. La clase de partido que explica por qué, a los 39 años, su nombre sigue iluminando titulares y camisetas.

Egipto, furia y denuncia

Mientras Argentina celebraba, Egipto hervía. La delegación egipcia terminó el encuentro furiosa con el arbitraje. El seleccionador elevó una denuncia por racismo, convencido de que su equipo no recibió el mismo trato en las decisiones clave.

La bronca africana contrastó con la explosión sudamericana. Para Egipto, la noche deja la sensación de haber tenido contra las cuerdas al campeón del mundo y haberse quedado sin nada en un suspiro. Para Argentina, deja una advertencia: no siempre habrá margen para una resurrección así.

Suiza espera, Colombia cae en los penaltis

El premio de la remontada es un cruce de cuartos ante Suiza. Los helvéticos dejaron fuera a Colombia en una tanda de penaltis resuelta 4-3, otro partido de nervios y detalles mínimos.

Argentina llega a esa cita con la adrenalina por las nubes, pero también con una pregunta incómoda: ¿cuántas veces más podrá permitirse regalar una hora de partido y confiar en que Messi, a los 39, vuelva a cambiarlo todo?