Arne Slot y la amarga despedida de Salah y Robertson
El telón cayó en Anfield con un murmullo, no con un rugido. Un 1-1 frente a Brentford dejó al Liverpool en una discreta quinta plaza y firmó una defensa de título que nunca llegó a encenderse. No hubo victoria, no hubo catarsis. Tampoco el adiós soñado para Mohamed Salah y Andy Robertson.
Arne Slot no se escondió. El técnico holandés asumió errores, decisiones discutibles y un año en el que el campeón se pareció muy poco a sí mismo.
Una temporada que se torció pronto
El empate ante Brentford fue casi una síntesis de la campaña: un Liverpool capaz de golpear primero, incapaz de sostener la ventaja, con lagunas de concentración que le han costado puntos y prestigio. Curtis Jones abrió el marcador tras una acción de Salah, que al menos dejó una última asistencia en Anfield. Seis minutos después, Kevin Schade igualó de cabeza y el estadio entendió el mensaje: esta era la temporada en miniatura.
Slot, que llegó con el peso de defender el título de la Premier League, terminó celebrando algo que hace un año habría sonado a consuelo menor: el billete para la próxima Champions League.
«No es lo que me habría gustado que lográramos esta temporada antes de empezar», admitió. «Pero teniendo en cuenta todo lo que nos ha pasado, estoy contento de que nos hayamos clasificado para la Champions».
La frase resume el giro de expectativas. De campeón a conformarse con el cuarto puesto… que finalmente fue quinto.
La gestión de Salah, una herida abierta
La forma en que Slot manejó el caso Salah quedará bajo el microscopio cuando se revise esta campaña. El egipcio, emblema del club, pasó por el banquillo en noviembre y diciembre, justo en medio de una racha catastrófica: nueve derrotas en doce partidos. La relación se rompió en público cuando Salah criticó al entrenador, lo que derivó en una sanción de facto de un partido.
A partir de ahí, la cuenta atrás. Con un año de contrato por delante y un salario de estrella, el delantero acabó negociando su salida. No hubo reconciliación deportiva ni narrativa redentora. Solo un final frío, subrayado por un empate insípido.
Slot no negó que pudo actuar mejor en algunos momentos, pero defendió el proceso: «No hemos sido perfectos, yo no he sido perfecto. Pero todas las decisiones que he tomado han sido con una sola idea: estar muy bien preparados. No todas pueden ser las correctas, sería estúpido decir que lo fueron. Antes de tomarlas, siempre sentí que eran las adecuadas».
El problema es que la sensación en la grada fue otra. La fe del técnico en varios jugadores en bajo rendimiento, unida a su resistencia a darle más protagonismo al joven Rio Ngumoha hasta que casi no tuvo más remedio, alimentó el debate. Las decisiones se hicieron visibles porque los resultados dejaron de sostenerlas.
Un vestuario golpeado dentro y fuera del campo
Slot apuntó a un factor por encima del resto: las lesiones. «Si me pidieran una sola palabra para describir esta temporada, diría ‘lesión’», sentenció.
Los datos le dan la razón. El fichaje récord británico, Alexander Isak, se perdió 28 partidos y solo pudo ser titular en ocho encuentros de Premier League. El guardameta Alisson Becker estuvo ausente en 20 choques. El lateral derecho titular, Conor Bradley, se perdió 32. Jeremie Frimpong, 19. Wataru Endo, 18. Y el central de 19 años Giovani Leoni apenas aguantó 81 minutos en su debut antes de ver su temporada terminada.
A esa lista, tangible y medible, se sumó un golpe imposible de cuantificar: la muerte de Diogo Jota en un accidente de tráfico en la víspera de la pretemporada. El impacto emocional atravesó el vestuario y el club entero. No hubo manual para gestionar ese duelo. El fútbol siguió, pero no al mismo ritmo.
Slot lo resumió con una frase que, en su parte final, sonó casi a confesión: muchas veces ni siquiera tuvo que elegir. Las bajas le dictaban la alineación.
Brentford roza Europa y se queda con la progresión
Mientras Liverpool se miraba al espejo, Brentford jugaba por un premio histórico. Una victoria le habría dado su primera clasificación europea. El empate lo dejó sin ese salto, aunque no sin motivos para sentirse orgulloso.
El equipo de Keith Andrews terminó noveno. Dos años seguidos en la mitad alta de la tabla para un club de su tamaño no pasan desapercibidos.
«Demuestra que somos un buen club de fútbol», valoró Andrews. «No se debe dar por hecho terminar en la parte alta. Se lo podríais preguntar a muchos clubes que ahora están en Championship y se adelantaron a sí mismos. Haberlo logrado dos años seguidos es algo especial».
Brentford se fue de Anfield con la sensación de haber estado a un paso de algo grande. Liverpool, con la impresión de haber dejado escapar algo mucho mayor a lo largo de todo el curso.
Slot mira al futuro entre dudas y certezas
El técnico neerlandés insistió en que, incluso en la temporada del título, habría respondido igual sobre su perfección como entrenador: no existe. Pero este año deja cicatrices distintas. La gestión de Salah, la tardía apuesta por Ngumoha, la dependencia de jugadores fuera de forma, el impacto de las lesiones y la tragedia de Jota componen un cuadro complejo.
No hubo remontada épica ni sprint final para maquillar la campaña. Solo un quinto puesto, una plaza en Champions y la sensación de que el campeón se despidió de sí mismo mucho antes de que acabara el calendario.
La pregunta ya no es qué salió mal. La verdadera incógnita es otra: con Salah camino de la puerta, con un vestuario marcado por las ausencias y con la afición exigiendo respuestas, ¿qué versión de Liverpool será capaz de reconstruir Arne Slot la próxima temporada?






