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Copa del Mundo 2026: Irán y Nueva Zelanda en el campo político

La Copa del Mundo 2026 aún no ha dado su primer toque de balón para Irán y el torneo ya se ha convertido en un campo minado político, emocional y logístico. Esta noche, en el SoFi Stadium de Los Ángeles, el duelo ante Nueva Zelanda se jugará bajo una tensión que trasciende cualquier esquema táctico: un país en guerra con el anfitrión, una diáspora decidida a convertir el partido en un altavoz contra el régimen y una selección atrapada en medio.

Taremi, un capitán en medio de la tormenta

Mehdi Taremi no se escondió al describir el clima que rodea a Irán en este Mundial. El capitán habló de una preparación condicionada desde el primer minuto: cambio forzado de base a México, problemas de visados para miembros de la delegación y aficionados a los que se les han retirado entradas.

“He sentido la tensión desde el primer momento en que llegamos a este Mundial”, lamentó. Para él, ese ambiente erosiona lo esencial: la idea de que el fútbol debe acercar, no abrir más grietas. “Este tipo de tensión socava la alegría y el mensaje de Fifa y de nuestro pueblo, que es que el fútbol trae paz. Siento que este Mundial podría haber ofrecido un mejor ambiente del que tiene”.

Las palabras de Taremi dibujan el contraste: el escaparate más grande del fútbol convertido en escenario de una batalla simbólica entre un régimen y sus opositores, mientras los jugadores intentan aferrarse a la normalidad competitiva.

“No somos gente política”: la línea de Ghalenoei

En la otra gran voz del vestuario, el seleccionador Amir Ghalenoei, aparece una idea repetida, casi como escudo: el fútbol separado de la política. En la rueda de prensa del viernes, el técnico insistió en que ni él ni sus futbolistas desviarán la mirada hacia las gradas, pese a las instrucciones directas del gobierno iraní: detener el partido si se escuchan cánticos negativos contra el régimen o si se exhiben banderas prerrevolucionarias.

“No prestamos atención al ruido ni a nada de lo que ocurre alrededor”, afirmó. “Estamos aquí para representar al respetuoso pueblo de Irán, tanto a los iraníes dentro del país como a la diáspora. No somos gente política... el fútbol está separado de la política”.

El mensaje es claro, al menos de puertas afuera. La paradoja también: mientras Ghalenoei reclama distancia con la política, llega a Estados Unidos sabiendo que tiene órdenes de intervenir si las protestas cruzan ciertas líneas marcadas desde Teherán.

“Vamos a hacerles el infierno”: la diáspora se organiza

En las calles y en las gradas, la versión es muy distinta. Para muchos iraníes en el exilio, el partido ante Nueva Zelanda es una oportunidad irrepetible para desafiar a un régimen al que acusan de brutalidad y represión, en pleno contexto de guerra con Estados Unidos.

Protestas dentro y fuera del estadio, abucheos al himno, espaldas giradas en el momento de la ceremonia y un símbolo central: la bandera prerrevolucionaria, prohibida por Fifa dentro de los recintos. El plan de los activistas es desafiar esa prohibición.

“Vamos a hacerles el infierno”, afirmó una aficionada que compró su entrada junto a otros activistas. Buses organizados desde San Diego, Orange County y distintos puntos de Los Ángeles se dirigirán al SoFi Stadium con un objetivo común: visibilizar una bandera que ellos consideran la de su país y no la del régimen actual.

“Vamos a abuchear el himno que suene. Vamos a darnos la vuelta durante el himno para mostrar nuestras banderas”, explicó. “Sé que Fifa la prohibió, pero encontraremos la forma de meterla. Vamos a ver esta bandera, no la del régimen terrorista”.

El choque no será solo entre Irán y Nueva Zelanda. Será entre el control que intentan imponer las autoridades y la creatividad de una diáspora que se siente con una ventana mundial de noventa minutos.

Un Mundial con una grieta inédita

La dimensión del contexto es histórica. Por primera vez en los 96 años de historia del torneo, una nación participante está en guerra con el país anfitrión. Esa sola frase bastaría para describir la sensación de campaña “surrealista y peligrosa” que rodea a Irán, como ya se ha señalado desde distintos análisis.

El debut en Los Ángeles se convierte así en algo más que un simple estreno de fase de grupos. Hay una posibilidad tan extraña como real: que el partido se detenga por orden del propio seleccionador si las protestas alcanzan el umbral fijado por Teherán. Un escenario que rompería cualquier guion habitual de Copa del Mundo.

Inglaterra se cierra en torno a Bellingham

Mientras tanto, al otro lado del cuadro, Inglaterra intenta mantener el fútbol en el centro del relato. A dos días del estreno ante Croacia, Jordan Henderson salió en defensa de Jude Bellingham, cuestionado desde ciertos sectores externos.

“Sé que se escribe mucho en los medios y me cuesta leerlo porque sé lo grande que es su influencia en este equipo, lo buen compañero que es fuera del campo”, explicó Henderson. Para el veterano centrocampista, Bellingham es el factor diferencial. “Lo que nos da es algo realmente especial, nos da el X-factor. Todos sabemos lo que puede hacer y cuánto lo queremos dentro del grupo, y supongo que eso es lo principal”.

Inglaterra protege a su joya mientras prepara un duelo con aroma a revancha permanente ante una Croacia que no olvida 2018, ni un Kane que ya les dejó huella en la Eurocopa.

Kane, bajo la lupa de Croacia

En el campamento croata, el respeto por Harry Kane es absoluto. Duje Caleta-Car lo definió sin rodeos: “maestro del juego”. No es una etiqueta gratuita para un delantero que viene de una temporada descomunal en Bayern Múnich, con 66 goles en 56 partidos y doblete doméstico: Bundesliga y Copa alemana.

Caleta-Car recordó el duelo de la Eurocopa, cuando Inglaterra se tomó una pequeña venganza por la semifinal perdida en Rusia 2018. Kane no marcó, pero dejó una impresión imborrable en la zaga croata por su inteligencia sin balón, su lectura de los espacios y su capacidad para condicionar un partido sin necesidad de aparecer en el marcador.

Croacia sabe que volverá a encontrarse con un delantero en plenitud, dueño de su oficio, en un escenario donde un detalle puede marcar el rumbo del grupo.

Un Mundial que no da respiro

Mientras la pelota aún se acomoda en este inicio de torneo, las historias se amontonan: el extraño incidente del oído sangrante de Graham Potter en las celebraciones del 5-1 de Suecia ante Túnez, la polémica por un gesto de un árbitro de VAR australiano interpretado como símbolo supremacista blanco, el rebranding forzado del Levi’s Stadium a San Francisco Bay Area Stadium y la respuesta irónica de la marca en redes, o el caso del aficionado mexicano que perdió su trabajo tras realizar un gesto racista hacia una influencer coreana en Guadalajara.

El Mundial 2026 se mueve a toda velocidad entre el fútbol y los márgenes del fútbol. Pero ninguna historia condensa tanta tensión como la que esta noche envolverá a Irán en Los Ángeles.

Noventa minutos, once jugadores, miles de voces divididas en las gradas y un seleccionador con la orden insólita de poder detener un partido. En un torneo que se vende como fiesta global, la gran incógnita es si el césped podrá resistir el peso de todo lo que arde alrededor.