La difícil temporada del club y la despedida de sus referentes
La voz suena cansada, pero firme. La reflexión llega tras una campaña que ha zarandeado al vestuario, al club y a la grada. “Ha sido arriba y abajo”, admite el futbolista. Partidos grandes ganados, tropiezos dolorosos, dudas, reacción… y, al final, el premio que sostiene el proyecto: la clasificación para la Champions League.
“Lo importante ahora es que estamos en la Champions”, resume.
Un adiós que duele y un objetivo cumplido
El día del cierre de temporada no fue uno cualquiera. Sobre el césped, más que un punto, se jugaba un capítulo emocional. Era la despedida de dos pilares del vestuario: Andrew Robertson y Mohamed Salah.
“La pareja de ellos son unos tíos increíbles”, confiesa. No habla solo de títulos, aunque los enumera mentalmente: lo han ganado todo con el club. Habla de algo más íntimo. De cómo le cogieron de la mano cuando aún era un crío, de cómo sostuvieron al grupo en los momentos más duros.
Por eso el empate sabe raro. No es una celebración desatada, pero sí un alivio. Se marcha una era, pero el club amarra la Champions. “Fue un día emotivo. Pero al mismo tiempo era importante para nosotros, para el club y para los aficionados”. Lágrimas y objetivo cumplido en la misma tarde.
Salah, el ejemplo silencioso
Cuando menciona a Salah, la admiración es inmediata. “Mo fue de una forma diferente”, explica. No era el típico capitán de grito y pechada. Lideraba de otra manera: con rutina, con obsesión por el detalle, con una profesionalidad que marcaba la pauta.
“Siempre era el primero en el gimnasio, siempre el último en salir”. Una imagen que se repite día tras día y que termina por contagiar al resto. En un vestuario de élite, esos hábitos definen la cultura.
En un momento especialmente delicado, cuando las lesiones empezaron a frenar su progresión, llegó el gesto que el jugador no olvida: Salah le abrió la puerta de su círculo más privado. “Me dejó usar a su fisio personal fuera del club”. Un acto de confianza que refuerza el vínculo. “Le respeto aún más por eso”, admite. No son solo goles. Es el tipo de compañero que deja huella cuando se va.
Robertson, el látigo que siempre fue cariño
En el otro lado del espejo aparece Robertson. Más directo, más vocal, más de decir las cosas a la cara. “Desde que llegué al equipo siendo un niño, él siempre estaba ahí”, recuerda. Le apretaba. Mucho.
“Siempre decía que el talento y la capacidad estaban ahí, pero que tenía que trabajar más. Y fue duro conmigo”. Tanto, que hubo momentos en los que el joven pensó que el lateral escocés se lo tomaba “un poco personal”. El clásico choque generacional en un vestuario competitivo.
Con los años, la perspectiva cambia. “Cuanto más mayor y más maduro me hice, entendí que siempre era con cariño y que quería verme triunfar”. Detrás de cada bronca había un mensaje: no conformarse nunca. Entre Salah y Robertson, dos modelos distintos, un mismo legado.
Mantener el listón de los que se van
La marcha de estos dos referentes deja una pregunta evidente: ¿quién sostiene ahora ese nivel de exigencia? La respuesta, dentro del vestuario, es tajante.
“Desde que llegué, los estándares ya estaban fijados y tenías que obedecer las reglas”, explica. Aquí no hay estrellas por libre. “Tenías que comprar lo que representaban los chicos: trabajar duro cada día”.
Lo que se ha construido no es solo un equipo. Es una manera de convivir. “Lo ves más como algo de familia”, insiste. Y señala a los que ahora se marchan como el origen de esa cultura. “No es solo un equipo de fútbol, es más como una familia”.
En los malos momentos, mirabas a izquierda y derecha y siempre estaban ellos. En los buenos, también. El mensaje es claro: el grupo que se queda no puede permitir que esa identidad se diluya. “Es importante que ahora lo mantengamos”.
Un año duro, una pérdida irreparable
Cuando se le pregunta si ha sido una temporada “dura”, no duda. “Absolutamente”. No habla solo de resultados. Habla de algo más profundo: la sensación de haber perdido a “uno de nuestros hermanos”, Diogo Jota.
“Era una gran parte de nosotros. Era una ayuda enorme cada día. Increíble como persona e increíble como jugador”. El vacío se nota en el campo y en el vestuario. En partidos trabados, él siempre pensaba lo mismo: “Si le doy el balón, va a marcar al final y nos va a salvar cuando estamos en problemas”.
Al evocarlo, la voz se quiebra. “Estoy aquí ahora y lo siento dentro, me pongo emocional cuando hablo de él”. La frase se queda flotando, pesada, sincera. Lo que vino después no ayudó: un buen inicio, una mala racha, una reacción, otro bajón. “Fue arriba y abajo todo el año”.
En medio de ese vaivén, el club se sostuvo en algo que el jugador repite como un mantra: unidad. “Este club es enorme por mantenerse como uno solo. Nuestra familia y los aficionados siempre están ahí”. Ese pegamento ha evitado que la temporada se rompiera definitivamente.
Champions asegurada y una promesa para el futuro
Entre tanta sacudida, el cierre del curso deja un ancla: la Champions League. “Era importante que entráramos en la Champions”, recalca. No solo por prestigio o dinero. También por mensaje. El proyecto sigue vivo. No se ha caído.
Los fichajes, que llegaron con presión y miradas escrutadoras, ya han pasado el bautismo. “Los chicos que hemos fichado han jugado suficientes partidos como para sentir que forman parte de esto”. Ya no son recién llegados, ya no miran el vestuario con timidez. “Veremos lo mejor de ellos”, asegura.
Y ahí asoma algo que no se veía hace meses: ilusión. “Estoy emocionado, y la próxima temporada debería ser genial”. El plan es sencillo en su formulación, complejo en su ejecución: dejar atrás los golpes, liberarse y volver a disfrutar. “Podemos dejar todo esto atrás, salir, disfrutar y jugar libres”.
Se van dos referentes, falta un hermano en el día a día, pero el mensaje que queda en el vestuario es nítido: el listón no baja. Y la Champions no es el final de nada. Es solo el punto de partida para demostrarlo.






