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Investigaciones sobre el clima: plantas resistentes y techos que enfrían

Un grupo de científicos en Arabia Saudita y Australia está reescribiendo, desde el laboratorio y la azotea, parte del futuro climático de las ciudades y de la agricultura en zonas extremas. Dos investigaciones distintas, un mismo objetivo: aprender a vivir bajo un sol cada vez más implacable.

KAUST: cómo las plantas se blindan contra el calor

En King Abdullah University of Science and Technology (KAUST), un equipo dirigido por la profesora Monika Chodasiewicz ha descifrado un mecanismo clave de defensa de las plantas frente a las altas temperaturas. El hallazgo apunta directamente a uno de los grandes desafíos de la agricultura moderna: mantener la fotosíntesis activa cuando el termómetro se dispara.

El grupo de Chodasiewicz localizó un sistema de protección dentro de los cloroplastos, las “fábricas” celulares donde la planta convierte la luz solar en energía química. Ese mecanismo ayuda a preservar y recuperar la capacidad fotosintética cuando el calor aprieta, un detalle que, en un invernadero o en un campo de cultivo, puede marcar la diferencia entre una cosecha aceptable y un fracaso.

El trabajo se centra en la proteína de clorofila. Bajo estrés térmico, esta proteína forma gránulos protectores, estructuras cuyo papel funcional no estaba claro hasta ahora. El estudio aclara esa incógnita: esos gránulos actúan como una especie de refugio temporal que protege el aparato fotosintético para que, una vez pasa el pico de calor, la planta pueda reanudar con mayor rapidez y eficacia la producción de energía.

No es un matiz académico. El calor es uno de los principales enemigos de la productividad vegetal. Si se daña la fotosíntesis, se frena el crecimiento, caen los rendimientos y se resiente la seguridad alimentaria. Entender este escudo interno abre la puerta a nuevas estrategias de mejora genética y biotecnológica para desarrollar cultivos más resistentes, especialmente valiosos en climas desérticos y regiones donde las olas de calor son cada vez más frecuentes.

El estudio se inserta, además, en un campo emergente: el de los condensados biomoleculares separados por fases en biología vegetal. Estos compartimentos, que se forman y se deshacen sin membranas clásicas, se han convertido en una de las grandes líneas de investigación en células animales y ahora empiezan a mostrar su relevancia también en plantas. Lo que ocurre en esos diminutos gránulos de clorofila puede terminar influyendo en políticas de adaptación climática, diseño de sistemas agrícolas más sostenibles y estrategias globales de seguridad alimentaria.

Pintura que enfría y recoge agua: la apuesta de Dewpoint Innovations

A miles de kilómetros de KAUST, otro frente de batalla contra el calor se libra en los tejados. En Australia, un equipo de la University of Sydney, encabezado por Chiara Neto y Ming Chiu, ha transformado una idea de laboratorio en una startup, Dewpoint Innovations, con una ambición clara: convertir las azoteas en aliadas del clima.

Su propuesta nace de dos presiones que se agravan: el aumento de las temperaturas globales y la escasez de agua. Frente a ese escenario, el equipo desarrolló una pintura nanoingenierizada capaz de hacer dos cosas a la vez: enfriar edificios y captar agua del aire. Un simple recubrimiento, un cambio de piel en las ciudades, para alterar el comportamiento térmico y, al mismo tiempo, sumar una fuente adicional de recursos hídricos.

El primer objetivo es directo: combatir el efecto “isla de calor” urbana. El asfalto, el hormigón y las cubiertas absorben y acumulan la energía solar, elevan la temperatura del aire y convierten las ciudades en trampas de calor. Dewpoint Innovations quiere romper ese círculo desde la superficie de los tejados. “Nuestra pintura reducirá de forma significativa la carga de calor que el sol deposita sobre las ciudades”, sostiene Chiu, co-inventor y director de tecnología de la empresa.

La clave está en el diseño de los nanomateriales del recubrimiento. La pintura utiliza enfriamiento radiativo pasivo: refleja la mayor parte de la energía del sol y emite calor de vuelta al cielo en longitudes de onda que atraviesan la atmósfera, lo que permite que la superficie del techo se mantenga incluso por debajo de la temperatura del aire, sin gastar un solo vatio de energía.

El contraste con las soluciones convencionales es notable. Una pintura blanca comercial estándar refleja, en general, entre un 70% y un 80% de la luz solar incidente, según el profesor Baohua Jia, experto en nanotecnología en RMIT University en Melbourne, ajeno al proyecto. El recubrimiento de Dewpoint, en cambio, alcanzó una reflectancia solar de hasta el 96% en una prueba al aire libre de seis meses realizada en 2025.

Ese salto en reflectividad se traduce en menos calor absorbido. En la práctica, los tejados tratados se mantuvieron hasta 6 grados Celsius más fríos que el aire circundante. Menos temperatura en la superficie, menor demanda de aire acondicionado, menos consumo eléctrico y una presión menor sobre las redes energéticas en los días críticos de verano.

La otra mitad de la ecuación mira al agua. La visión de Dewpoint Innovations no se limita a pintar para enfriar. La empresa quiere reimaginar la infraestructura urbana para que los techos reflejen calor y, al mismo tiempo, recojan agua del aire. Si miles de azoteas de una ciudad se convirtieran en superficies activas de captación y enfriamiento, la red de edificios pasaría de ser parte del problema a convertirse en pieza de la solución climática.

El reto ahora es escalar. Llevar lo que ha funcionado en pruebas controladas a barrios enteros, a ciudades completas, a regiones donde el calor y la sequía ya no son una amenaza futura, sino una realidad diaria. La ciencia ha puesto sobre la mesa nuevas herramientas: desde los gránulos de clorofila que blindan la fotosíntesis hasta las pinturas que devuelven el calor al cielo. La pregunta es quién se atreverá a usarlas a la velocidad que exige el clima.