Mourinho regresa al Madrid con victoria pero con dudas
José Mourinho contuvo el sprint. El banquillo del Real Madrid salió disparado hacia la banda para celebrar el gol del minuto 90, el que desatascaba su primer partido en el cargo 4.380 días después, pero él se quedó unos metros atrás. Puños cerrados, se levantó despacio y caminó por la línea de cal, siguiendo a los suplentes con la mirada mientras corrían, gritando, hacia Carlos Espí. Todos se amontonaron en el córner; Mourinho, en cambio, tiró de su capitán Fede Valverde para decirle algo al oído. Quizá solo: “uf”.
Entre tantas estrellas, con el reto de encajar a Kylian Mbappé, Vinícius Júnior y Jude Bellingham en el mismo dibujo, con el debut del fichaje más caro de la historia del club, Yan Diomande, fue un chico de 21 años, casi anónimo hace seis meses y rescatado del Levante, quien decidió la noche del regreso.
El ‘9’ que vivía en Valdebebas
Carlos Espí, héroe de la salvación del Levante la temporada pasada, sigue viviendo en la residencia de Valdebebas, igual que su entrenador. Desayunan juntos cada mañana. El Madrid lo firmó exactamente para esto: un delantero centro de los de antes, un ‘9’ de área, con cuerpo, remate y presencia donde más duele.
Y ahí apareció. Una jugada rota, sucia, el balón que se le escapa a Mbappé dentro del área y, de repente, Espí, atacando el espacio corto, empuja la pelota a la red. Gol de puro instinto. Gol que abre un debate: ¿es este perfil algo más que un recurso de fondo de armario? Al menos esta vez, la apuesta funcionó.
El primer partido oficial de Mourinho con el Madrid desde aquel 4-2 ante Osasuna en mayo de 2013 empezó con una imagen muy reconocible: los fotógrafos abandonando su puesto detrás de la portería para rodear el banquillo visitante. El foco estaba claro. Terminó con el portugués abrazando al técnico del Espanyol, Manolo González, chocando la mano del árbitro y desapareciendo por el túnel.
Entre una escena y otra, apareció la realidad. La que él sabía que llegaría: es pronto, las soluciones no son inmediatas y el Espanyol es un buen equipo. Lo avisó en la previa. Y el conjunto de Manolo lo demostró por momentos. El Madrid generó más ocasiones, sí, pero el plan perico logró limitar durante muchos tramos el caudal ofensivo blanco.
En una noche en la que asomaron viejos defectos, las dudas no desaparecieron del todo. Es la primera jornada, el margen es enorme, pero el alivio del final no borra el aviso. Habrá días más duros para este equipo. Y también para el carácter de Mourinho.
El regreso que Florentino no soltó nunca
En primavera, antes de enfrentarse al Benfica, Mourinho definió su primera etapa en el Madrid como “tres años duros, intensos, a veces violentos”. El tiempo lima las aristas y deja solo el brillo. Él insiste en que no es un hombre de nostalgia ni de arrepentimientos, pero muchos sí le echaron de menos. El primero, Florentino Pérez.
En la particular visión del presidente, los entrenadores son casi un mal necesario. Mourinho es la excepción: prácticamente el único técnico al que ha apreciado de verdad. Hay quien pedía precisamente eso: intensidad, dureza, alguien que entrara al vestuario como un cirujano de hierro, dispuesto a pelear con todos y a imponer su personalidad.
Por mucho que el final de la primera etapa fuera insostenible, Florentino nunca soltó del todo la idea del regreso. En su relato, el ciclo de seis Champions League en once años se construyó sobre los cimientos que dejó el portugués. Él les habría mostrado el camino.
En la víspera del partido, Mourinho contó una anécdota: tras cada título del Madrid en su ausencia, recibía una llamada de Florentino. “Siempre le decía que no, que no tenía nada que ver conmigo”, explicó. Una forma elegante de decir justo lo contrario. El propio presidente había verbalizado algo parecido. Tardó 13 años en hacer caso a ese impulso, pero al final lo trajo de vuelta.
Y, visto el historial reciente, la apuesta tenía lógica. Los últimos que volvieron al banquillo –Zinedine Zidane, Carlo Ancelotti– llenaron las vitrinas. Los demás, no. Ahora el diagnóstico era parecido al de 2010: el Madrid se veía por detrás del Barcelona, llevaba dos años sin levantar un gran título y el problema se leía tanto en clave cultural como futbolística.
“Hay cosas que no se negocian”, advirtió Mourinho. “El compromiso no puede faltar”. Se supone que él tiene la autoridad para cambiar eso. Al menos, se le va a conceder. En las últimas semanas se endurecieron hábitos, se elevaron las exigencias. Las sesiones se volvieron más intensas o, como mínimo, la actitud hacia ellas cambió. Diomande llegó a decir que estaba dispuesto a “morir” por su entrenador. Mourinho restó importancia a la frase, pero le gustó escucharla.
Había más motivos para el optimismo. El futuro de Vinícius, por fin resuelto, sin sombras de estatus ni resentimientos. El Mundial ya es pasado, no hay distracciones en el horizonte. El técnico recordó que Brasil, Francia e Inglaterra han sabido exprimir a Vinícius, Mbappé y Bellingham por separado, pero que juntar el mejor nivel de los tres en el mismo equipo es otro desafío. “No creo que sean incompatibles”, insistió. El curso pasado, en cambio, muchas veces lo parecían. El propio Bellingham admitió que a menudo acaban pisándose las mismas zonas.
Bellingham abre la era, el Madrid se frena
En Cornellà, los tres fueron titulares. Bellingham, como mediapunta puro. Vinícius, pegado a la cal. “Para mí, esta es su posición –dijo Mourinho sobre Jude–: conexión con los delanteros, con llegada. Tiene que jugar cerca del área. Si lo ponemos de 6 u 8, perdemos su cercanía al gol”.
El inglés tardó nueve minutos en justificar el plan. Primer tanto de la nueva etapa, a balón parado. Vinícius recibió la primera de muchas faltas; Alex Calatrava ya le había dejado un recado en la espalda y Mourinho levantó los brazos pidiendo protección. Desde la izquierda, Arda Güler colgó un centro perfecto. Bellingham se elevó más que nadie y cabeceó a la red de Marko Dimitrovic.
El gesto del banquillo fue frío. Sentado en el extremo izquierdo, Mourinho casi no reaccionó. Se levantó, metió las manos en los bolsillos y cruzó la zona técnica hasta el otro lado, donde el resto de su numeroso cuerpo técnico ocupaba la grada baja. Allí saludó a Sami Khedira, el asistente “de la casa” que le ha asignado el club, y al analista Roberto Merella.
Durante unos minutos pareció que el partido se había terminado. La distancia entre los dos equipos resultaba abismal. El Madrid presionaba arriba, ahogaba la salida del Espanyol, robaba rápido y encadenaba ataques. Ahí estaba el esbozo de lo que sueña el club.
Pero la intensidad se desinfló. Y el Espanyol lo olió.
Cuando Dean Huijsen tuvo que ser atendido por un corte, varios jugadores del Madrid se acercaron al banquillo para recibir instrucciones. Mientras tanto, el juego se le escapaba al equipo. El bloque local dio un paso al frente. Y encontró el empate.
Thibaut Courtois salvó el primer intento de Riedel, pero Roberto Fernández no logró controlar el rechace. La jugada siguió viva. Una combinación limpia, Tuy Dolan y Javi Hernández conectando por dentro, y Calatrava llegando desde atrás para fusilar. Mourinho apenas se movió en su asiento.
El golpe pudo ser mayor. Mbappé encontró espacios dos veces antes del descanso y obligó a Dimitrovic a intervenir, una vez desde cada perfil del área. Aun así, fue el Espanyol quien rozó el 2-1 antes del intermedio. Omar El Hilali puso un centro magnífico desde la derecha. Dolan se lanzó dentro del área pequeña, se quedó a milímetros, y Fernández, en su intento de despejar, se la dejó a sus propios pies. El estadio contuvo la respiración.
Nada cambió de inmediato tras el paso por vestuarios. El Madrid siguió acumulando ocasiones y desperdiciándolas. Mbappé todavía se preguntará cómo no marcó en la jugada que abrió la segunda parte: córner de Güler, cabezazo de Bellingham al larguero tras rozar la mano de Dimitrovic y el balón muerto, botando, en el segundo palo. El francés, solo, la cruzó… fuera.
Valverde estrelló un disparo en el poste. Mbappé, otra vez, la mandó desviada. El área del Espanyol se convirtió en zona de asedio, pero el marcador no se movía. Desde el banquillo, Mourinho empezó a tirar de recursos: Cucurella, Diomande, Camavinga, Alexander-Arnold, Espí. Uno tras otro.
Hasta que vio a uno de ellos, precisamente Espí, adelantarle a toda velocidad por la banda para ir a celebrar el gol que le daba aire en su regreso.
Al terminar, Mourinho dejó una frase que encaja con lo que se vio en el césped: “Creo que merecimos ganar, pero el Espanyol no mereció perder”. El Madrid se llevó los tres puntos. La batalla por cambiar su cultura, su carácter y su fútbol, esa, apenas acaba de empezar.





