La esperanza que duele en el fútbol inglés
La frase que más duele en el fútbol inglés no la firmó un filósofo ni un entrenador campeón de Europa. La escribió un aficionado de Lincoln City, Graham Burrell, tras un 2-1 en casa ante Wigan en 2024: “It is the hope that kills you”. Creía que aquel día se había apagado definitivamente el sueño del playoff. Un partido de tercera línea, una frase que resume siglos de desengaños.
Desde entonces, esa sentencia se ha colado en todas partes. En los bares, en los foros, en los memes. Y, por supuesto, en noches como la de Inglaterra contra Argentina. No es una tragedia humana. No entra en el mismo marco que la “esperanza en la oscuridad” de la que escribe Rebecca Solnit. Pero para millones de personas, durante 90 minutos, se siente como si lo fuera.
Solnit cita a la escritora búlgara Maria Popova: “El pensamiento crítico sin esperanza es cinismo, pero la esperanza sin pensamiento crítico es ingenuidad”. El fútbol vive exactamente en ese filo. Entre la lucidez que te protege y la ilusión que te expone. Entre la coraza del “ya sé cómo acaba esto” y el salto al vacío de creer que, esta vez, quizá no.
Entre Ted Lasso y Jackson Lamb
La autoría de “It is the hope that kills you” se pierde entre siglos de literatura y chascarrillos de pub. Podría pertenecer a William Shakespeare o a Peter Ustinov. La han reformulado tantos que ya es casi patrimonio cultural. Ted Lasso la combate a pecho descubierto: “No estoy de acuerdo. Es la falta de esperanza la que te destroza. Yo creo en la esperanza. Creo en creer”. Jackson Lamb, el espía gruñón de Slow Horses, la retuerce con crueldad: “No es la esperanza lo que te mata. Es saber que es la esperanza lo que te mata, eso es lo que te remata”.
Entre ambos extremos se mueve cualquier selección, cualquier vestuario. Uno abrazaría, el otro insultaría. Uno jamás pondría una defensa de seis, el otro llamaría idiotas a todos y les ordenaría seguir. Brazo por encima del hombro o patada en el trasero. Todo cabe en un banquillo. Y uno se pregunta si, con Lasso o con Lamb en la banda, Inglaterra habría gestionado de otra manera esos últimos 30 minutos frente a Argentina.
Porque lo que cualquier aficionado sabe —lo sepa o no explicar— es que la esperanza pura paraliza. No aparece al inicio. En el arranque manda el miedo. Miedo en el himno, miedo en la cuenta atrás absurda de diez segundos, miedo cuando el balón retrocede hacia Jordan Pickford y cada toque suena a posible desastre. El corazón se dispara. Late tan fuerte que casi hace ruido.
El partido como tortura
Cuando el juego se asienta, el pulso baja… pero solo un poco. Se instala una ansiedad de fondo, un zumbido constante. Giuliano Simeone corre, muerde, pega, protesta. Cada entrada suya parece una agresión. Cada entrada inglesa, un acto de justicia poética. El árbitro tarda en enseñar una amarilla y la conspiranoia se desliza por la grada. “¿Y la tarjeta? ¿Lo van a permitir otra vez?”. Pura miopía voluntaria. Otra pinta de agravio, por favor.
El descanso trae las primeras sombras. No son todavía catástrofe, pero sí una voz insistente: “Cuanto más se alargue esto, más probable que Argentina encuentre la manera”. Porque Argentina siempre encuentra la manera. Se apela a conceptos vacíos —“memoria muscular”— y a verdades incómodas: “Son unos viejos zorros”.
Y entonces llega el gol. El centro perfecto. El remate perfecto. Estalla una mezcla salvaje de alivio, alegría y algo todavía más peligroso: la posibilidad. El pensamiento reflejo: “Al menos ahora necesitan dos”. Un clásico inglés. La felicidad llega siempre con cláusulas.
El otro momento de éxtasis puro no lo firma un delantero, sino un lateral. Djed Spence, hasta entonces de una calma casi insolente, entra al corte como si se jugara la carrera. Una entrada limpia, feroz, celebrada con la furia de Giorgio Chiellini y Leonardo Bonucci juntos. Un grito: “¡Sí, Djed!”. La mejor entrada inglesa desde la de Eric Dier a Sergio Ramos, y con un peso potencialmente mucho mayor. En otro universo, esa acción abre todos los resúmenes, preside todos los montajes, acaba en bronce a la entrada de un estadio.
El repliegue y los ocho segundos
Para entonces, el retroceso ya había empezado. Inglaterra se encoge unos metros. Luego otros. Línea de seis, área propia como trinchera. Se puede hablar de Thomas Tuchel, de órdenes desde el banquillo, de trauma colectivo. Pero cualquiera que haya visto a esta selección en torneos sabe reconocer la parálisis. El miedo a perder supera el deseo de ganar.
Y, sin embargo, hay unos minutos en los que la esperanza se vuelve tangible. No es teoría. Es física. Es respirable. El tramo en el que uno se permite pensar en una final de Copa del Mundo. No tanto por el partido en sí —que se vive como un suplicio—, sino por lo que viene después: seguir dentro. Poder ver el resto del torneo sabiendo que tu equipo aún sigue vivo. El fútbol como compañía, no como tortura.
En el minuto 82, Nico O’Reilly bloquea un pase, corre detrás del balón y mete otro tapón. Inglaterra pisa campo rival, un territorio que ya parecía ajeno. Alguien en la cabina calcula en voz alta: “Eso nos ha ahorrado ocho segundos”. Es una broma, pero no lo es. Un minuto más tarde, Lionel Messi levanta un centro que se pierde mansamente por línea de fondo. Saque de puerta. Ese es el instante exacto en el que se cuela el “quizá”. No el “vamos a hacerlo”. Solo un “tal vez”.
Ahí nace la verdadera esperanza. No en el 1-0, no en la celebración, sino en la suma de pequeños detalles que sugieren que, por una vez, el guion puede torcerse a favor.
Dos minutos y 55 segundos
El reloj corre despacio. Demasiado. Jordan Pickford se toma su tiempo en el saque. John Stones se permite unos toques en el área. El balón vuela, O’Reilly gana metros, Argentina concede un saque de banda cerca de su propia área. Guy Mowbray canta el tiempo: “Ochenta y cuatro minutos en el marcador”. Alan Shearer confiesa: “No dejo de mirar el reloj y me parece que va lentísimo”.
84:24. Enzo Fernández arma el disparo desde lejos. Pickford toca el balón y lo manda por encima del larguero. En realidad se iba fuera, pero la intervención da sensación de control. “No pasa nada. Orden. Líneas juntas. Nada de locuras”. 84:55. De nuevo Enzo en la frontal. Demasiado espacio. Demasiado tiempo. El disparo, esta vez, va donde duele. Gol. Y todos, en todas partes, saben que ahí se acabó.
Entre una acción y otra pasan exactamente dos minutos y 55 segundos. Ese es el tramo en el que la esperanza fue total. Sin cinismo, sin ironía. Real. Intensa. Dolorosamente viva.
No mata. Quema, asusta, agota. Pero también confirma algo esencial: que todavía importa. Que aún hay algo dentro que reacciona cuando O’Reilly presiona, cuando Spence entra al límite, cuando un centro rival se pierde por línea de fondo y el estadio exhala al unísono.
Se puede discutir si uno está preparado para ver a la selección masculina de Inglaterra levantar un gran título. Hay quien confiesa que quizá nunca lo estará, que no sabría qué hacer con esa emoción. Mientras tanto, esa migaja de esperanza basta. Un destello, un tramo de tres minutos en mitad del caos.
Si la esperanza, como sugiere Solnit, puede ser motor de cambio social, también puede sostener algo mucho más pequeño y, a la vez, gigantesco: la imagen fugaz de Adam Wharton alzando una Eurocopa en 2028. Aunque solo dure lo que tarda Enzo Fernández en armar la pierna. Aunque se esfume en 2:55. Porque el fútbol, para bien o para mal, siempre volverá a ese lugar donde duele más: al punto exacto en el que, pese a todo, todavía creemos.






