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México celebra su debut en el Mundial con gran fiesta

La noche anterior ya lo estaba gritando la ciudad.

La carrera desesperada por conseguir camisetas de México en los puestos improvisados sobre las aceras atestadas. Las primeras canciones, los primeros bailes alrededor de El Ángel de la Independencia, convertido otra vez en faro futbolero. Los cláxones, los gritos, la fiesta que no conoció reloj hasta la madrugada.

Si así se vivía la víspera del debut mundialista, el día después solo podía explotar.

Paseo de la Reforma, versión Mundial

La selección hizo su parte: 2-0 a Sudáfrica en el partido inaugural de este Mundial repartido entre México, Canadá y Estados Unidos. Resultado sobrio, efecto descomunal.

En cuanto terminó el encuentro, la ciudad volcó su pulso hacia Paseo de la Reforma. El boulevard dejó de ser avenida para convertirse en pasarela peatonal, un delirio de Mundial a cielo abierto. Lluvia de cerveza. Nubes de espuma artificial. Filas interminables de conga serpenteando entre banderas y trompetas de plástico. Copas del mundo de juguete levantadas como si fueran la original.

El menú era el de siempre, pero multiplicado: tacos, elotes, botanas, puestos de recuerdos, montañas de mercancía verde, blanco y rojo. Y, como telón de fondo, un concierto gratuito que mantenía el ritmo cuando las gargantas ya no podían más.

Para quien mira desde fuera, puede parecer una reacción desproporcionada por un triunfo en fase de grupos. Para México, es rutina. Cada vez que gana la selección masculina en un gran torneo, la ciudad tiene un punto de encuentro innegociable: su propio monumento a la victoria, ese cruce eterno donde se levanta El Ángel, su versión del Fed Square australiano, tomado por una marea que parece no cansarse nunca.

80.000 gargantas, un mismo rugido

Horas antes del silbatazo inicial, el ambiente ya hervía. Bailes tradicionales, música, espectáculos callejeros para calentar una afición que no necesita demasiada invitación. Dentro del estadio, el ruido subió varios niveles.

Las 80.000 personas corearon cada nota de la ceremonia de apertura, con una devoción especial hacia la reina de estos escenarios: Shakira. Pero los rugidos que se sienten en el pecho estaban reservados para otra cosa.

El primero llegó con el cabezazo de Raúl Jiménez. Gol y catarsis. Años después de aquella terrible lesión en la cabeza, verlo elevarse y rematar así fue algo más que un tanto en el marcador. Fue una reconciliación con su propia historia, celebrada por todo un país.

El segundo gran estruendo no fue por un gol, sino por un cambio. Cuando el cuarto árbitro levantó el tablero y apareció el nombre de Gilberto Mora, 17 años, promesa marcada en rojo para el futuro, el estadio se vino abajo. Entró al campo y, de inmediato, las cuatro gradas se unieron en un solo cántico con su apellido. Ese recibimiento se reserva para los elegidos, para los que se intuye capaces de cambiar el rumbo del juego en este país.

En la banda, Javier Aguirre, hombre que ya vivió un Mundial en casa como jugador en 1986, veía cómo sus futbolistas lidiaban con algo más que táctica y piernas.

“El inicio del Mundial es un escenario brutal, te hace temblar un poco las piernas”, admitió. “Sales del centro de entrenamiento y ves a la gente, a la afición en la calle, y eso al jugador le dice: ‘Wow, wow, wow’”.

La tensión se notó en los cuerpos. “En 25 partidos nunca habíamos tenido un solo caso de calambres; hoy tuvimos tres”, subrayó Aguirre. No habló de estrategia, habló de emociones. De un estado anímico que desborda músculos.

Los jugadores tendrán que bajar el volumen interno, recuperar piernas y cabeza para el siguiente duelo de grupo. Los aficionados, en cambio, han arrancado un torneo que para ellos no tiene botón de pausa.

“Significa todo. Significa mucho”, resumía un hincha, todavía con la voz tomada. “Nos vuelve a poner en el mapa. Demuestra que México está presente en el mundo del futbol”.

Infantino pide calma, México responde con fiesta

En otra parte de la ciudad, quien también respiraba aliviado era Gianni Infantino. El presidente de la FIFA había lamentado la víspera las críticas constantes hacia la organización en la previa del torneo. Recurrió a un léxico casi adolescente, pidiendo a todos que se “relajaran”.

Con el balón por fin en juego, el mensaje encontró eco, al menos por unas horas. Las pastillas de calma se transformaron en cerveza, música y gritos de gol. La fiesta hizo el resto.

Infantino puede soltar un poco los hombros, pero sabe que la lupa no se guarda tan fácil. El Mundial pisa terreno conocido en México, donde el futbol es religión, pero entra en un ecosistema distinto en Canadá y Estados Unidos, donde el “soccer” sigue a la sombra de otros deportes.

Los grandes partidos y las grandes figuras llenarán estadios sin discusión. La duda está en lo que no lleva focos de Broadway: ¿responderá el público a precios de entradas tan altos cuando no haya estrellas en el césped? ¿Hasta qué punto la presencia de Immigration and Customs Enforcement, ICE, se dejará sentir en las sedes estadounidenses y en los alrededores de los estadios?

Las preguntas se acumulan. Las respuestas llegarán con el calendario. Por ahora, México ya dejó claro algo en su estreno: cuando el Mundial se cruza con esta ciudad, el ruido no lo hacen los debates. Lo hace el futbol. Y se escucha toda la noche.