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Thierno Barry brilla en el debut de Everton contra Crystal Palace

Everton arrancó la temporada con algo que le faltó demasiadas veces el curso pasado: tranquilidad. Un 2-0 sólido ante Crystal Palace, un gol temprano en la cuenta de Thierno Barry y, al menos por una tarde, un respiro para David Moyes.

El técnico escocés sigue molesto con el mercado de fichajes y con razón: su delantera, junto a Beto, apenas firmó 18 tantos en la 2025-26 y no ha llegado el refuerzo que pedía. El año pasado, Barry no vio puerta hasta diciembre. Esta vez ha necesitado solo la primera jornada. Eso, en Goodison, ya se siente como una pequeña victoria estratégica.

Un golpe justo antes del descanso

El día tenía carga simbólica: estreno de temporada y primera visita al estadio de un abonado muy particular, Andy Burnham, ahora Primer Ministro. La respuesta del equipo estuvo a la altura del escaparate político: tres puntos y un triunfo que corta de raíz los fantasmas de los últimos siete partidos del curso pasado, en los que se les escapó Europa.

En el once de Moyes no hubo revolución. Casi nada de “frescura”, salvo la aparición de Hayden Hackney como mediocentro posicional y la solución de emergencia de Merlin Röhl en el lateral derecho, ese agujero negro que el club no ha terminado de tapar en el mercado.

Durante 38 minutos, el guion fue demasiado familiar para la grada: sufrimiento, ocasiones del rival y un Pickford obligado a vestirse de salvavidas. Jean-Philippe Mateta falló lo que no suele fallar, primero empujando fuera un balón a quemarropa y luego estrellando un disparo en el poste. El mismo palo al que Eddie Nketiah mandó su disparo tras una estirada espectacular del portero internacional inglés.

Cuando el partido parecía pedir castigo para Everton, llegó el giro. Kiernan Dewsbury-Hall cazó un balón en la frontal y soltó un zurdazo cruzado, seco, imposible para Dean Henderson. El 1-0, al borde del descanso, cambió el clima y el relato.

Barry aparece y Everton acelera

Tras el descanso, fue otro partido. Everton jugó con más ritmo, más intención y menos miedo. La recompensa llegó en una jugada que explicó bien el nuevo tono del equipo.

Hackney sacó una falta con rapidez, sin adornos, y Iliman Ndiaye puso un centro tenso, perfecto, casi sin mirar. Barry atacó el espacio de cinco metros con decisión y cabeceó hacia abajo, como mandan los manuales de área. Gol y 2-0. Un tanto sencillo en apariencia, pero nacido de algo que faltó demasiadas veces el año pasado: urgencia con balón.

Ndiaye fue el más incisivo de los de arriba, siempre ofreciendo línea de pase y encarando. Hackney, en su debut en la Premier League, se mostró sereno, bien colocado, sin estridencias. No solucionan todos los problemas de Everton, pero le dan a Moyes dos certezas sobre las que construir.

Porque las dudas siguen ahí. La plantilla es corta, la banda derecha es un parche y la dependencia de que Barry y Beto mejoren sus registros es evidente. El técnico lo sabe y no lo esconde. Pero noches como esta le dan margen para apretar al club en los despachos con algo más de autoridad.

Palace perdona… y se complica

En el otro banquillo, Pierre Sage también salió con deberes. Crystal Palace llegó a Goodison con más títulos recientes que Everton —FA Cup 2025 y Conference League— y con la sensación de haberse acostumbrado a competir mejor en eliminatorias que en partidos como este.

La ausencia de Ismaila Sarr pesó, tanto en lo futbolístico como en el ambiente. El atacante se quedó fuera en medio de rumores de que se habría negado a entrenar para forzar su salida a Galatasaray. Sin su desborde, Palace tuvo ocasiones, pero le faltó filo.

Con un poco más de puntería, el marcador podría haberse invertido sin que nadie se extrañara. Mateta y Nketiah tuvieron en su mano un 0-2 virtual antes de que Dewsbury-Hall abriera el marcador. No lo aprovecharon. Y la Premier no suele perdonar ese tipo de indulgencias.

La sensación es clara: Palace genera, llega, amenaza, pero no remata. Y cuando un equipo que viene de levantar dos trofeos recientes se acostumbra a fallar, la presión se multiplica.

Everton, en cambio, se marcha con algo muy valioso en agosto: un delantero que ya ha roto su mala racha, un debutante que parece encajar en el centro del campo y un técnico que, al menos por ahora, tiene un problema menos de qué preocuparse. La pregunta es cuánto tardará el mercado —o la falta de él— en devolvérselos.